domingo, 23 de noviembre de 2014

Visita nocturna

Siempre fui de sueño ligero. Son las doce de la noche cuando escucho un zumbido muy potente. ¿Por qué me suena tan familiar? “Eso” afuera de mi habitación se va acercando, creo que está entrando… ¡Dios!

Me despierto tranquilo con una sensación de mareos; esto se está volviendo algo recurrente, “tendré que ver algún médico”, pienso.

Volví del médico no de muy buen humor; me dijeron que los rayos y la ecografía abdominal se veían  extraños y que  no entendían que me sucedía. Mi vecino se detuvo y mencionó haber escuchado gritos ayer a la noche. Lo relacioné con mis mareos, quizá tenga algún tipo de sonambulismo extraño.


Se me ha ocurrido dejar una grabadora de video para ver lo que sucedía, me fui a dormir. Luego todo es confuso. Por la mañana, la cinta está rota, el video se convirtió en estática y se escucha una voz gritona diciendo: “¡Es un niño! ¡Es un niño!”,  repetidamente, la voz cada vez más grave y lejana.

La desilusión

Un grupo de amigos sale un sábado por la noche para festejar un suceso importante. Es un grupo muy unido pero dos de ellos tenían más química que los demás. Niegan los rumores que se escuchan, aunque  es obvio que saben algo que los otros no.

La noche podría haber sido perfecta para los dos, pero los rumores hacen que se distancien y ni siquiera quieran mirarse.

Finalizada la noche el grupo de amigos se marcha y sólo quedan Fabio y Nerina que se fueron caminando porque viven muy cerca de allí. El trayecto a sus casas fue incómodo como nunca, Fabio dejó a Nerina en la puerta de su casa y antes de saludarla abrió la puerta su papá; para él era como su segundo papá. Le agradeció a Fabio que haya acompañado a su hija hasta allí y lo despidió un poco cortante.

Fabio se va desilusionado, pensando en cosas que habían pasado esa noche. Mientras tanto a Nerina le llega  una sensación de ausencia… algo le hace falta, se pone triste, su papá le pregunta qué le pasa y ella , sin ganas, le dice que sólo está cansada.


Al día siguiente Nerina se levanta decidida a ir a la casa de Fabio. Cuando la atiende su madre, le dice que pase a su pieza. Siente un golpe en el pecho, la peor visión: se encuentra con Fabio y su prima, Melisa, besándose. Ella desilusionada y enojada comienza a gritarle a Fabio. Pasaron algunos eternos minutos, hasta que Nerina logra calmarse para poder hablar bien con los dos. Fabio está nervioso porque no sabe qué hacer, entonces decide que va a seguir sus sentimientos...

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Encerrado

  El está encerrado. Ya no recuerda su nombre, ya no recuerda la razón, ya no tiene sentimientos, solo trabaja.
   Las apariencias engañan. Antes creyó encontrar una buena oportunidad, que tenía suerte, que aquella mujer era buena gente.
   Aceptó una propuesta de trabajo que resultó ser una trampa. No es un empleado, sino un esclavo. Las horas de trabajo eran interminables, le fueron privando de su libertad lentamente, que para cuando se dio cuenta ya era tarde.
   ¿Por qué? Esa pregunta se la hacía día y noche... ¿Por qué?
    Muchas veces soñaba con que nunca conoció esa mujer, nunca aceptó el trabajo, y al despertar choca con la realidad.  Se sentía estúpido, el arrepentimiento invadió su mente, llenándolo de tristeza el no poder deshacer su error.
   Si no trabajaba no le darían comida y sería castigado. No era el único encerrado en esa fábrica, veía lo que le pasaba a los demás. Tenía miedo.
   Se concentró en trabajar y hacer caso para no tener problemas. Dormía pocas horas, la comida no era buena y su cuerpo se deterioraba lentamente. Estaba sucio y cansado con las manos dañadas.
   Lo único que le permitían hacer es trabajar. Perdió too, di lo liberaban ya no recordaría como vivir la vida.
   Una especie de gripe se expandió entre los trabajadores, algunos murieron pero no se les permitía parar. Todos se vieron afectados, incluso él
    Notó como se llevaban a sus compañeros día a día sin saber por qué. Se convirtió en su único pensamiento, ¿qué les pasaba? Tal vez los mataban, o los llevaban al hospital, o incluso puede que los liberaran...
    Pronto su duda sería confirmada. Dos hombres lo interrumpieron mientras trabajaba y lo escoltaron hacia la puerta de acero que creía sellada.Al ser abierta lo cegó la luz del sol, que no tenía ni idea cuando fue la última vez que la vio. El aire frío azotó su cara y estremeció sus pulmones.
    No tuvo tiempo de observar su alrededor cuando una bolsa fue colocada en su cabeza ¿Era su fin? ¿Lo matarían? Ya no le importaba lo que le pase, tal vez sería algo bueno morir.
   Le hicieron caminar por un terreno irregular, y después subir a una camioneta. Su cuerpo estaba invadido por el terror de no saber que le pasaría. Tal vez lo vendían para trabajar en un lugar peor.Ya no deseaba saber el destino de los otros trabajadores.
   Lo lanzaron a otra cosa, fría y de metal. Escuchó un motor y el movimiento. Era un camión, y no estaba solo. E camión estaba lleno de personas.
   Deseaba con todo su alma que la gripe lo mate, no llegar a donde sea que los llevan. Pero esa enfermedad le hacia sentirse muerto sin estarlo.
   Luego de muchísimas horas, el motor se detuvo y la puerta se abrió. Mientras bajaba perdí toda esperanza. Lo dejaron de escoltar a medio camino y escuchó los pasos de gente corriendo, no entendía lo que pasaba, hasta que escuchó una sirena y una fuerte luz intermitente traspasó la bolsa en su cara.
   Habían gritos y disparos, no sabía que hacer y se tiró al suelo. Nunca estuvo tan asustado en su vida. De pronto alguien lo levantó y lo arrastró de donde estaba. -No te preocupes- decía -todo va a estar bien.- No podía saber con seguridad si estaba siendo rescatado hasta que alguien le destapó la cara y pudo observar a su alrededor. La pelea no terminó, pero él estaba del lado de la policía sin saber qué sentir. Lo estaban rescatando y no sabía qué sentir.
   El veía como los policías disparaban mientras otros trataban de sacar a los inocentes del medio. Vio entre los atacantes el rostro de aquella mujer, apuntando con el arma. Su cuerpo se invadió de miedo y empezó a correr. No volvería, no se arriesgaría a que lo atrapen. Y no lo lograrían, una bala perdida atravesó su corazón y su cuerpo se puso frío. Todo era tranquilo ahora. Respiró lentamente mientras caía al suelo. Una lágrima resbaló de su rostro y antes de morir sonrió. Era libre.
L.N

viernes, 31 de octubre de 2014

El viaje

Ya habían pasado 65 años. Su vida transcurría entre brisas familiares y laborales. Había llegado el tiempo de descansar, de cumplir los sueños postergados. Se amontonaban los pensamientos produciendo un desvelo intenso, ya que por las noches la soledad era su compañía. Sus hijos lo acompañaban en los almuerzos del domingo.
En uno de ellos repentinamente se le produjeron olvidos, llamando la atención de sus hijos. Estas situaciones se volvieron cada vez más frecuentes.
Pasado el tiempo, un examen médico devela un alzhéimer. Los sueños, los miedos, las decepciones rondaban la casa. Sobre su mesa de luz, una libreta de hojas rasgadas dibuja sus proyectos.
Una noche llamó a sus hijos y entre risas, recuerdos y café relató sus sueños de viajar. Entonces el silencio protagonizó la noche. Intentaron explicarle que sería imposible debido a su enfermedad. Las palabras se transformaron en discusión, llanto, desencanto y soledad.
Se sentía controlado y anestesiado. La noche lo rodeó de pensamientos. Acomodó su ropa, caminó lentamente por cada rincón de su casa.

Su hija, como cada mañana fue a visitarlo. Solo encontró el silencio de la casa.

¿Qué pasó?


¿Quién soy o quién quiero ser? Preguntas que viven constantemente en mi cabeza cada minuto de mi vida. Soy Emily Roberts, y esta es mi historia...
Tengo 16 años y no soy del “tipo de adolescente” que todo el mundo imagina, ese prototipo de las chicas a mi edad, que piensan en amigos, moda, fiestas, drogas, belleza, cuerpos de modelos, chicos y esas cosas; más bien soy una chica, ni alta ni baja sino “normal” de estatura, pelo castaño largo con un flequillo de costado que termina más o menos sobre mi ceja derecha; me gustan muchos los sweaters, así que por lo general estoy usando uno, y borcegos negros, marrones, grises, violetas o azules(son mis preferidos), jeans oscuros. Casi siempre ando con "mi cuaderno" para todos lados, es como mi mejor amigo, en él me desahogo y soy libre de decir todo lo que se me pasa por la cabeza, me gusta leer y mucho, estoy prácticamente todo el día con un libro en mi mano, obvio que los auriculares nunca me faltan.
Caminaba por mi casa cuando de repente me topé con espejo, me vi y me pregunté qué era lo que veía. Corrí a sacarme la ropa hasta quedar en ropa interior y me observé... ¿qué veía? Veía una clavícula que había desaparecido en el transcurso de los años, tapada por grasa y piel, veía unos brazos que los confundías con  grandes y anchos almohadones, también notaba cómo mis piernas se juntaban sin dejar ese hermoso espacio en mi entrepierna, veía una bola de grasa que daba terror observar.
Llegaba la hora de comer y se me erizaba la piel como si hubiera visto a la mismísima muerte frente a mí buscándome. Mamá me llamó a la mesa y fingí dolor de panza y simplemente me fui  dormir. Después de esa noche larga, llena de pensamientos y lágrimas, desperté para ir a enfrentarme con el mundo, vestí con la ropa más suelta posible para que nadie observara mi crasitud; no desayuné y me fui al colegio. Llegué y me saludó mi amiga, venía comiendo un yogur y bizcochos de aproximadamente 400 calorías cada uno, me preguntó si quería y dije que no, que había desayunado en casa... Se hicieron las 19:30hs y mi estómago rugía como un perro rabioso a punto de atacar.
Llegó la hora de la cena en casa y mamá no me dejó saltearme esta comida así que busqué la solución más rápida: saqué toda esa comida de mi cuerpo con un solo vómito. Con el pasar de las horas, días, meses no notaba ningún cambio; sí, cuando subí a la balanza meses atrás marcaba 74,6 kilos y ahora marca 43,5 kilos, pero no notaba una diferencia me daba terror acercarme a un espejo, o mirar mi reflejo en la ducha.
Pasaban los días y me sentía débil, la balanza marcaba 35,7, faltaba poco para mi meta de los 30 kilos, fui a la cocina por pastillas porque estaba muy mareada y en medio del pasillo se me nubló la vista, sentía que la cabeza me iba a estallar, mis rodillas se doblaron como una silla plegable y caí.

Abrí mis ojos y me vi acostada con un delantal blanco y una pulsera roja en mi brazo, volteé y vi a mi mamá llorando, yo estaba conectada a una máquina con muchos cables que rodeaban mi cuerpo, como si intentaran estrangularme. Recuerdo que vi una luz que me segó y escuchaba cómo mi madre gritaba mi nombre y lloraba con desesperación.

La desaparición en el mar.

Era una tarde soleada del 29 de mayo de 1840 en Moscú. La familia Ohinfeev se encontraba descansando cuando de repente se encuentran con un desconocido y empiezan a hablar. El hombre le comenta a la familia que tenía que saldar una deuda, la familia piensa que era un loco que se había escapado del psiquiátrico. En realidad así había sido, el hombre no aguantaba más estar en aquel encierro, por eso decidió escaparse de ese lugar.

Al día siguiente la familia comenzó su rutina, como siempre; desayunar, bañarse, el padre a trabajar, la madre ocupada en  las cosas de su casa y en preparar a los chicos para la escuela. Llegada la hora, salen afuera y los estaba esperando el autobús; al subir, observan la cara del chofer y les parece conocida.

Luego de varios minutos conduciendo, los chicos se preguntaban hacia donde iban, quizás el nuevo chofer no conocía el camino. El hombre, callado y serio, seguía conduciendo. Los alumnos fastidiados por el viaje empezaron a arrojase bolas de papel entre ellos. El rostro del chofer se transformó; recordó su infancia y empezó a conducir furiosamente hacia el puerto y se arrojó junto con los niños al mar.

Todavía no se sabe nada sobre lo que pasó y ese hecho quedó en la nada, en la suposición de un accidente, una falla en los frenos. Todo quedó en el olvido y en la mente del extraño chofer y de cada uno de los niños que iban en el autobús.

¿Por qué?

Mi mejor amigo siempre decía que era muy pequeña para viajar en colectivo sola, pero para mí era algo muy común, nunca estaban mis padres en casa y no podían encargarse de mí. Era muy raro, y pocas veces sucedía que me llevaban al colegio o a cualquier otro lugar. Tenían mucho trabajo y no les sobraba tiempo para acompañarme. Suerte que soy hija única, sino sería un caos tener que cuidar a alguien más que a mí.
Pasé la mayoría de mi infancia en casa de mis tíos, ellos tenían dos hijos con quienes siempre jugaba, eran como mis hermanos mayores. Me encantaba estar ahí, me recibían muy bien y siempre compraban helado de frutilla, mi sabor de postre favorito.
Hace muchos años que no los veo, después de aquella discusión que tuvieron con mis padres no los volví a ver más. No recuerdo la razón de esa horrible situación, pero desde ese día nada fue igual. Hice varios intentos inútiles para saber que ocurría, pero todos fallaron. También traté de ir a su casa, pero mis padres siempre me lo impedían.
Ya dejé de intentarlo, crecí sola y aprendí a cuidarme. Mis padres aún siguen con su trabajo, llegan a casa solo para dormir. Al principio me molestaba un poco pero ya no, a esta edad llegue a acostumbrarme.
Hoy es Lunes y como siempre me toca lavar los pisos, tengo todo organizado en una lista, los lunes lavar pisos, los martes lavar la ropa y planchar, los miércoles limpiar mi habitación (que pocas veces está sucia) y los jueves asear el baño. Puse música para no aburrirme, busqué lo que necesitaba y comencé a fregar. Limpié casi toda la casa, menos la habitación de mis padres, nunca podía entrar ahí, estaba prohibido para mí. Siempre me dio curiosidad saber que habría allí que no estaba permitido mi acceso, pero como habían dicho mis padres una y otra vez, hay que respetar la privacidad del otro, así que nunca intenté entrar y husmear, aún cuando estaba la mayoría del tiempo sola.
Se hizo la una de la tarde y ya tendría que estar en el colegio, así que salí inmediatamente y me dirigí a la parada de colectivo. Luego de 5 minutos de espera llegó el transporte y me subí. Me gustaba estar ahí, veía mucha gente pasar, a veces las mismas personas que seguramente iban a trabajar o a estudiar. Era algo acogedor  tener a tanta gente alrededor mío. A muchos les molestaría, pero a mí no, siempre fui muy positiva y diferente a los demás. Llegué a mi colegio y la preceptora estaba en la entrada, la saludé y caminé directo a mi salón. Nunca me regañaba ni decía nada, sabía que parte del tiempo estaba sola y que mis padres trabajaban durante todo el día, mis profesores también estaban al tanto de mí situación, así que no se hacían problema si llegaba un poco tarde, ellos decían que me entendían.
Entré y mi mejor amigo me había guardado un asiento junto a él, siempre fuimos muy unidos. Desde la primaria estamos juntos, recuerdo el día en que lo conocí, era un miércoles y teníamos que hacer un trabajo de a dos y me tocó hacerlo con él. Luego de ese día empezamos a ser amigos. Siempre fue medio distraído, así que yo lo ayudaba con las tareas y le recordaba los días de prueba. Así comenzó hasta que terminamos contándonos todo lo que nos sucedía y le confié mis más grandes secretos, que no eran muchos y a esta edad no los recuerdo, tal vez él tampoco. Éramos demasiado chicos y lo único que sé es que en ese entonces aún estaba con mis tíos.
Luego de que la clase haya terminado y de haber charlado un rato con él, me despedí y volví a casa en cole, como de costumbre.
Bajé a la parada y caminé hacia mi casa, decidí tomar el camino más largo, no tenía ningún apuro, la profesora de matemática y la de lengua no habían dado ninguna tarea. A dos cuadras de mi casa pude observar a unos chicos de aproximadamente 18 años jugando con una pelota, así que decidí ir por el otro lado de la cuadra. No es que crea que sean malos, sino que a veces no me gusta pasar por al lado de un grupo grande de chicos, ya que la mayoría siempre hacía algún comentario fuera de lugar y me ponían incomoda. Aunque solo eran palabras, por suerte nunca nadie me hizo nada.
Abrí la puerta y fui directo a mi habitación, dejé mis cosas a un costado y me acosté en la cama. Últimamente, aunque no quiera, muchas situaciones de cuando era chica pasaban por mi mente. Trato de no pensar mucho.  Hasta ahora solo logro ver pequeños recuerdos sueltos, mis padres saludándome, mis tíos jugando conmigo, mis primos obligándome a hacer quien sabe qué, pero no logro entender nada.
Raramente me dormí. Ya amaneció y tengo que lavar la ropa. Recogí cada prenda que estaba en mi pieza y me dirigí al lavadero, al pasar por el cuarto de mis padres, creí que sería mejor lavarles la ropa a ellos también, ya que de seguro llegarían tarde y no habrían tenido la oportunidad de lavarla ellos mismos. La idea de entrar me asustaba un poco, no quería que se dieran cuenta pero debía entrar para terminar la limpieza de hoy.  Me paré frente a la puerta y quedé mirándola fijamente durante unos pocos segundos hasta que me decidí por entrar. Abrí y observé un gran desorden, había papeles por donde se pueda ver, ropa a montones  y una improvisada pizarra a un lado de la cama. Tomé la ropa rápidamente y me fui, no me gustaba sentir esa sensación de saber que estoy haciendo algo que no está bien. Lavé todo y fui al colegio.
Llegué a la institución, y entré al salón. Saqué mi carpeta pero no logré enfocarme en las materias, seguía pensando en lo que había ocurrido y que debía poner a secar la ropa y guardarla antes de que mis padres se dieran cuenta.
Después de clases, iba caminando a mi casa y sorpresivamente me encontré con uno de mis primos, no lo había reconocido pero él a mí sí, me abrazó fuertemente y me dijo que me extrañaba mucho.  Yo solo le sonreí, me sentía rara estando al lado de él, como si algo además de la pelea de nuestros padres había pasado, algo que aún no sé pero espero saber. Me quiso acompañar hasta mi casa pero le dije que no hacía falta, así que nos despedimos y se fue. Años antes había imaginado nuestro reencuentro y no era nada parecido a esto, no sé qué me ocurrió.
Llegué a casa y colgué la ropa para que se seque. Pasé por al lado de la habitación de mis padres y la curiosidad me carcomía la cabeza, no dejaba de pensar en que más habría allí dentro y el por qué me sentía así con mi primo, si yo lo quería muchísimo y extrañaba hasta este entonces. No sé cómo fue, pero en menos de un minuto ya estaba dentro de su cuarto, buscaba respuestas y tal vez allí las encontraría. Luego de revolver un poco su armario encontré unas fotos de mí de pequeña, que por cierto, no sabía que me habían sacado, pero solo alcance a ver una completamente.  Sentí que golpearon la puerta, así que dejé todo y me fui de ahí. No era nadie, era solo producto de mi imaginación, creo que no tendría que haber entrado.
Ya se hizo de noche y como ayer, sigo pensando en por qué no me acuerdo de esas fotos, no entiendo nada. Antes todo parecía tan simple, tenía las ideas claras, y desde ayer sólo tengo ideas rotas y esparcidas en un mar de preguntas.

Dormí pensando en aquello sucedido, pero ya desperté, es un nuevo día y una nueva oportunidad para entrar al cuarto otra vez. Fui decidida a buscar las fotos y no estaban, no las encontré por ningún lado. Justo antes de irme, vi una caja debajo de la cama y la saqué. Abrí la tapa y salió un extraño olor, había ropa mía de cuando era chica, fotos mías con mis primos, y un sobre: allí habían más fotos (no sabía que teníamos cámara), había una habitación con pedazos de globos rojos y en el fondo aparecía yo con mi rostro pálido, como si estuviera asustada, como si algo me estuviera atemorizando pero, ¿cómo podría estar yo ahí y no recordarlo? Seguí viendo las fotos  y todas eran parecidas, en todas estaba yo, llorando, con la cara roja y peor. En ese instante momentos horribles pasaron por mi mente y recordé, recordé lo que me habían hecho, lo que nos habían hecho. Ya entiendo todo, no necesito más nada que saber. Mañana iré a ver a mis tíos.

viernes, 24 de octubre de 2014

Las niñas del río



El 23 de octubre del 2013 Esteban y Lorena se fueron de vacaciones al Bolsón, alquilaron una cabaña. Alrededor de esta había muchos árboles y también un pequeño río que se perdía entre las montañas. Al llegar allí ordenaron todas sus cosas en la cabaña, desayunaron y se fueron a recorrer el lugar. Mientras iban caminando se encontraron con dos niñas que estaban jugando a orillas del río, Lorena se acercó a una de ellas y le preguntó si estaban solas; la nena le dijo que estaban esperando a su papá, que fue a buscar algo a la cabaña y que estaban bien. Luego Lorena y Esteban siguieron caminando y se quedaron pensando en las niñas. Cuando llegaron a la cabaña para almorzar, de pronto escucharon que golpeaban la puerta, al abrir no había nadie; salieron afuera y vieron un moño en el piso, idéntico al que tenía la niña con la que Lorena había hablado. Entonces intrigados fueron a ver si estaban en el río, pero se encontraron con otras personas: se acercaron para preguntarles si habían visto a dos niñas y la respuesta fue siempre la misma, nadie  las había visto. Obsesionados empezaron a buscarlas, nadie las conocía. Fue  al anochecer del segundo día que hallaron la respuesta, cuando se encontraron con la anciana que cuidaba ese lugar; ella les dijo que no buscasen más, hacía décadas que la familia de las niñas busca sus cuerpos en el río. 

jueves, 23 de octubre de 2014

OFRENDA SATÁNICA.

Eran las 8.15 a.m. y abríamos los ojos como de costumbre. Luego de prepararnos, nos dirigimos a la sala principal para recibir a un nuevo aprendiz en el cuartel. Era el sobrino del general Cortez, pero no tenían nada en común; piel pálida, cuerpo muy delgado, el rostro cansado y triste. Realizaba sus labores sin decir una palabra y cumplía órdenes sin ningún reproche.
Esa primera noche, descubrí que el muchacho era sonámbulo y se lo comenté a mis compañeros. Cada día que pasaba, hacía más visible que él no era como los demás; ataques de ira y llantos sin razón, comenzaron a asustarnos.
Una noche, mientras el resto dormía profundamente, lo perseguí luego de que se levantó exaltado de su cama, pero con la oscuridad que inundaba el largo pasillo, le perdí el rastro a los pocos segundos. Continué caminando y a la tercera habitación me detuve de repente:
-Les dije, presa fácil.
-Pero, ¿a su propio sobrino?
-Nunca fuimos unidos, de hecho, me pareció perfecto, piensen… un chico callado con comportamientos raros y nadie sospecharía que el culpable pudiera ser de la misma sangre.
-Bien, entonces preparen todo, ya está listo para entregarlo al señor.

Nunca le conté esto a nadie; al día siguiente me retiré del ejército sin dar explicación. Admito que aún me siento culpable al dejar a mis amigos sin decirles nada, me aflige pensar que cualquiera de ellos puede ser el siguiente.

martes, 21 de octubre de 2014

MUERTE EXTRAÑA

A veces la vida te demuestra lo equivocado que estás al confiar en las personas ¿no? Cómo pudo pasar, cómo va a meterse en ese tipo de cosas una detective con un puesto de trabajo tan alto. Tendremos que entregarla antes que nos enriende a todos en su problema. O tal vez podríamos averiguar el caso e intentar solucionar esto, junto a ella obvio.


La detective Wilson se encargó del caso junto al equipo de trabajo, investigó acerca de las casas de apuestas clandestinas en las cuales estaba la detective Márquez metida. Según  la detective Márquez eran solo problemas de negocios, de los cuales ella se haría cargo sola. 

El equipo se marchó del caso encargándose de otros no muy importantes; todo continuó normal, el trabajo siguió, pero después de dos meses llamaron a los detectives, diciéndoles que se encontraron dos personas muertas y una violada en el domicilio de uno de los clientes de las casas de apuestas clandestinas. Allí, además de los cuerpos, encontraron una nota que decía algo así como “Espero que hayas aprendido la lección”. 

Los detectives retomaron nuevamente el caso, pero para ese entonces la detective Márquez ya no se encontraba en el país, aunque seguía con un puesto importante de detective… lo cual era peligroso ya que la nota que se encontró en el lugar del crimen llevaba su firma. 

LA JUGADA

Salgo del vestuario, concentrado, sé que tengo que dar un buen partido, una mala jugada puede echar a perder todo.
Mis compañeros y yo estamos listos, ésta final la ganamos, el campeonato es nuestro. La victoria se la voy a dedicar a ella, está ahí, mirándome como en cada partido, hoy le digo todo lo que me pasa, es mi día, me siento optimista.
Empezó el juego y vamos bien, estamos jugando como queremos. Llegaron los diez minutos finales y el equipo contrario acaba de empatarnos, se nos está complicando, no agarramos una.

Hasta que llegó el milagro, la tiene el número nueve de mi club, me la pasa, la tengo en mis manos, queda un minuto y sé que puedo, pero miro a mi izquierda con un veloz movimiento y la veo, lo veo, los veo, me veo. Lo perdí todo. 

EL CRIMEN

Todo mi esfuerzo había valido la pena. Estaba fuera de todo ese pasado que me aterrorizaba. 
Estaba nevando y conducía hacia mi casa. Pensaba en lo que acababa de hacer. Si sale como lo pienso, nadie se va a dar cuenta de lo que hice. Me daba risa pensarlo y me hacía sentir orgullosa.
Llegué a mi casa y mis padres estaban desayunando, actué normal, desayuné y me encerré en mi habitación. Les dije a mis padres que iba a descansar, cuando la verdad es que iba a empacar.

Después de dos horas de encierro, salí para despedir a mis padres que se iban a trabajar; luego de ver que se fueran, saqué mis cosas, bolsos y valijas y tomé un taxi hacia el olvido, estaba dejando todo atrás.   

domingo, 14 de septiembre de 2014

UNA VEZ EN LA CABEZA, NO HAY VUELTA ATRÁS


Era cambio de estación invierno-primavera, por esas casualidades de la vida amaba la primavera , y espera todos los años para salir esa misma noche a caminar , pero este año fue distinto a todos , no salí a caminar esa noche, me encontraba desolada al frente del espejo , deprimida por la imagen que se reflejaba , si , esa era yo, la chica que jamás pero jamás le había importado su imagen corporal o como se veía , a pesar de que en la escuela me trataban de “gorda”, ”vaca”, “tanque de guerra” entre otras cosas, nunca le había prestado atención. 

En fin, esa noche me vi al espejo detalladamente y ahí fue cuando vi lo que todos veían, me invadió la tristeza, estaba en shock. Un nudo en la garganta, no podía llorar, no emitía palabra alguna, pasé la noche entera encerrada en mi pieza. Al día siguiente, me dirigí al baño, busqué la balanza y me pesé: la balanza marcaba 78 kilos.

Ya pasaron seis meses desde aquella noche es la que me di cuenta de todo, ahora me encuentro en la escuela, con frío mucho frío, mi mejor amiga dice que parezco muerta, llena de ojeras, sin ganas de vivir, un saco de huesos…Uff puras mentiras, ya me cansé de las mentiras, todo el mundo dice lo mismo y no es verdad o por lo menos mi mente se convence de que no. 

Me quiero levantar porque ya tengo que salir a mi segunda clase y de repente me siento sin fuerzas, de un segundo para otro me encuentro en el piso, no entiendo lo que pasa, trato de levantarme y no puedo; ¡NO TENGO FUERZAS!. Mi amiga aterrorizada, sin pensar llama al preceptor, me acercan a una silla, yo apenas puedo mantenerme derecha.  El preceptor me dice “vamos a llamar a un médico” y yo solo asiento con la cabeza.


Pasó el tiempo y me desperté en una camilla con suero, sentía mis huesos recostados en la cama, escuchaba llorar a alguien; era mi madre. No podía mover la cabeza para ver qué pasaba, pero hablaba con el médico. Ella se acercó a mí y me dijo “Te amo hija”, ya vas a salir de esto y yo pensaba nomás ¿Por qué lo dirá?; solamente apreté su mano fuertemente y la miré con dulzura, antes de volver a cerrar los ojos. Nunca volví a abrirlos, fue el último día que vi a mi madre.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Barras bravas

Se acercaba la fecha del partido y los hinchas del equipo visitante se tenían que tomar el vuelo para ir a la cancha del equipo local. Cuando llegaron se dieron cuenta que el partido se había suspendido. Entonces decidieron quedarse un par de días en Rosario donde se jugaba supuestamente el partido. Ellos no se esperaban lo que iba a ocurrir. Mientras tanto el equipo local pensaba en que los podían perjudicar. Luego de varios días pensando, se les ocurrió una brillante idea: pensaron que les podían meter droga en la maleta para que los detecten y así vayan presos, pero para eso se debían ganar su confianza. Entonces un mediador consiguió el número de teléfono  de la barra platense y los llamaron. Luego de varias horas hablando, lograron llegar a un acuerdo, que consistía en juntarse los líderes de cada barra en el hotel del visitante.
Luego de varias horas charlando, bebiendo y comentando revistas de fútbol, el hincha local logró que el visitante platense se emborrachara. En ese momento aprovechó para ponerle 2 kg de marihuana en el bolso sin que se enterara y al instante se marchó, alegando estar descompuesto por efectos del alcohol. Solo restaba esperar que se tomen el vuelo hacia La Plata.

Pasaron un par de días y llegó el momento de la despedida, se juntaron de vuelta los dos barrabravas y se despidieron como si se conocieran de toda la vida. Llegó el momento del chequeo en el aeropuerto, el barrabrava rosarino esperaba ansioso  como jugador de fútbol antes de entrar a un partido. Se acercó un policía con un perro más peligroso que cirujano con hipo, lo olfateó y enseguida se dio cuenta que portaba droga. El policía abrió el bolso y encontró la droga. Rápidamente lo detuvieron, el barrabrava rosarino volvió con sus amigos y lo festejaron como un gol de media cancha. El plan no solo les dio resultado, sino que, como frutilla del postre, al día siguiente los rosarinos ganaron 2-0 contra el equipo del barrabrava preso. Doble festejo.

El saco

Eran las once de la noche y Martín, un joven desposeído, no tenía donde dormir. Pasaban y pasaban las horas y él seguía tirado en la misma plaza, muerto de frío, esperando que alguien pasara y le tirara un par de monedas para poder comprar algo. Pero no fue así.
Cansado de esperar, decidió caminar por la ciudad esperando la oportunidad de robar y comprar algo para comer. Hasta que un alto hombre con saco se acercó a él y le preguntó:
– ¿Por qué estás solo a estas horas?
– Mi familia me abandonó.–, respondió Martín, desconfiado. Sin pensarlo, el gran hombre se quitó su saco y se lo dio al vagabundo de trece años. Martín quedó mudo al ver el gesto de aquel hombre. El individuo le acarició la cabeza al joven y siguió su camino. Pasaban las horas y Martín sentía cómo le empezaban a pesar los párpados, junto con la salida de los primeros rayos de sol. Por fin encontró un lugar para dormir; con el estómago vacío, se acostó en un banco de cemento y se durmió.

Al despertarse se dio cuenta que no tenía el saco que aquel hombre le habría dado la noche anterior. Él, furioso, recorrió las calles de la ciudad en busca del ladrón de su saco. Decidió ir a buscar aquel saco, si fuese necesario, hasta el fin del mundo. Alienado por el odio, se dirigió hacia aquel lugar donde se había encontrado con aquel hombre. Al llegar, vio a una persona de espaldas que traía su saco puesto; tomó un caño de hierro que encontró en la calle y le dio un golpe en la cabeza. El ladrón del saco cayó al suelo, derramando un charco de sangre. Al verlo tirado en el piso, lo invadió la curiosidad: quería conocer la cara del ladrón. Se acercó y se dio cuenta que era un joven. No sin un poco de asco, limpió la sangre del rostro del muchacho: lo sorprendió la similitud de los rasgos físicos que compartía con él. Idénticos rasgos físicos, idéntico rostro, idéntica ropa, idéntico crujir de estómago hambriento. Parecía aquel joven una versión unos años más adulta de él mismo. Martín comprendió que así era, su futuro yacía muerto en aquella vereda. 

Horas después, el solidario hombre que le donó su saco encontró a Martín muerto, en medio del lago rojo, con el caño de hierro en la mano.

viernes, 22 de agosto de 2014

El falsificador

Michael era un hombre normal, tenía casa, auto, familia y un trabajo común como el de todos, en realidad no tan común... él era un policía de las unidades del FBI, estaba en un cargo prestigioso, tenía dinero y principalmente le iba bien en su trabajo.

Tiempo atrás había atrapado a uno de los criminales más buscados del mundo, el dueño de los carteles más peligrosos del planeta, de una inmensidad galáctica: el cartel de los Ballas. El capo criminal era Francis Sharp.

Michael era de no aceptar sobornos su lealtad era tan confiable que era muy querido por sus compañeros, pero había un secreto muy oscuro que nunca nadie supo. Hasta que un día su propio  hijo lo descubrió. El pequeño estaba jugando cerca de una puerta que su padre le había prohibido entrar, cuando tropezó y sin querer abrió la puerta. Era esa habitación tan oscura como un agujero negro, tan grande que el niño quedó anonadado. Lo que había allí eran unas máquinas tan silenciosas como un espía que imprimían miles y miles de papeles.

El chico salió rápidamente de la habitación al escuchar los pasos del padre que se acercaban adonde  estaba, cerró la puerta  y se quedó ahí como si nada hubiera pasado. Su padre le preguntó si estaba bien y él, temblando como una hoja, le dijo que sí.

Al otro día la familia estaba invitada a un festejo de todo el personal del FBI: Michael recibiría un premio por sus años de trabajo.
Al ser nombrado para recibir la placa, subió al atrio con su hijo, dio sus palabras de agradecimiento y de repente el pequeño le preguntó, frente al micrófono, qué eran esas máquinas que imprimían papeles. Sus palabras sonaron como un eco en una cueva.


Rápidamente los oficiales se levantaron y se dirigieron a la casa de Michael. Al entrar a la habitación descubrieron su secreto: él falsificaba cheques y los utilizaba hacía años en muchos bancos cegados de codicia. . Premiado y arrestado el mismo día, ese fue el fin del famoso “falsificador”.

domingo, 17 de agosto de 2014

El Plan

    Alguna vez él fue una buena persona, alguna vez el estuvo cuerdo, alguna vez...
    Como un perro de la calle que tiene poco, pero es libre con todo el mundo para él, que es atrapado y él esperanzado de ser amado, de tener un rico plato de comida asegurado es traicionado por aquella mirada que en un momento creyó bondadosa y resultó ser perversa. Siendo privado de su hermosa libertad, obligado a vivir día y noche en un triste terreno gris con una malévola  construcción, con la intención de que proteja aquel misterioso lugar que ni siquiera llegó a olfatear. Atado con una simple soga, ese insignificante elemento que le privaba de vivir¿Qué creen? ¿Qué el perro se quedaría resignado a cumplir ese horrible trabajo? ¿O que mordería la soga y huiría?
   Eso fue lo que le pasó a Gadrel, con la diferencia que él no es un perro sino una persona. No lo ataron, pero hubiese dado lo mismo que lo hayan hecho o no. Tal vez no tenía mucho, incluso nada, pero sus bienes nunca fueron materiales.
   Lo planeó por mucho tiempo, y cuando encontró su oportunidad huyó. Corrió y corrió sin mirar atrás. Sabía que lo perseguirían, pero cuando lo encuentren (y deseaba que lo encuentren) estaría preparado, esperándolos.
   Nunca quiso hablar de lo que sucedió en aquel misterioso lugar. Lo único que quería era venganza, una dulce, cruel, satisfactoria y perversa venganza. Su mente se ennegreció. Ya no era más Gadrel, el dulce y humilde ciudadano de tercera clase. Ahora solo era un psicópata con un objetivo, vengarse de aquellos quienes arruinaron su vida. No fue una sola persona el responsable, fue una organización secreta que se dedicaba a la corrupción y el crimen, arruinando vidas como la de él ¿Quién le creería a un vagabundo, de que fue secuestrado por una enorme organización criminal secreta? Estaba solo, pero sabía que habrían más como él, alguien que también haya sido engañado por ellos y siga vivo, que tenga su mismo deseo...
   Y lo encontró. Una brillante mente criminal en ruina. Buscado por las autoridades, obligado a huir el resto de su vida, un hombre llamado "Enrique el falsificador".
   La historia de Enrique es simple. Fue contratado gracias a su maravilloso talento por aquel clan, reclutado por el mismísimo líder. Trabajó para ellos un par de años, los ayudo a crecer y llenarse de poder, y cuando reclamó su parte, fue traicionado, sus compañeros le tendieron una trampa e intentaron entregarlo a las autoridades, siendo obligado a huir o ser encerrado.
   Enrique necesitaba tiempo para crear una nueva identidad, y su encuentro con Gadrel fue perfecto. Juntos destruirían a aquellos que arruinaron sus vidas.
   Ganaron terreno en las calles, consiguieron contactos, y con su resplandeciente oscuridad idearon el plan perfecto.
   Ingresaron increíblemente fácil. Enrique manejaba un camión con un supuesto cargamento destinado a los planes perversos de aquel clan. Él llevaba una mascara tan auténtica que hasta una madre se confundiría. Entraron.
   Gadrel estaba donde el cargamento, con algunas personas que reclutaron. Solo eran cuerpos insignificantes, necesarios para cerrar las puertas y deshacerse de algunos de los tantos criminales que trabajaban allí. El premio mayor estaba destinado para Enrique y Gadrel.
   Totalmente engañados los guardias los dejaron parar y cerraron las puertas, sin saber que aquella sería la última vez que verían el cielo.
   Al deshacerse de los guardias, comenzó la masacre, rápidamente los secuaces reclutados fueron a cerrar todas las puertas. Ya no hay salida y tienen el control, saben donde está cada uno de los cómplices de ese malicioso lugar. Para el amanecer no habrá ni un alma.
   Manchados de sangre sin vuelta atrás, Enrique y Gadrel, aún sedientos de venganza, van por el premio mayor.
   Era de esperar que alguien accionara alguna alarma, los refuerzos vienen por ellos y no dejarán que se salven.
   Los minutos son vitales, se quedaron sin balas, obligando la última batalla a ser cuerpo a cuerpo.
   La mente maestra se encuentra en su oficina preocupado, todos sus hombres están muertos, él asesinó a los responsables, excepto a los más peligrosos. Y vienen por el. Tiene suficientes balas, pero siente como la muerte se acerca más y más. Las puertas no tienen seguro, ya no hay donde esconderse, él escucha los pasos y los gritos de sus últimos hombres, ya están allí... Lo único que puede hacer es esperarlos y probar su suerte. De espaldas a la puerta, se asegura que su arma esté cargada y espera...
   El dúo Enrique y Gadrel llegan al esperado lugar y lo ven. Allí parado de espaldas, aquel hombre que les arruino la vida, el responsable de todo y ya es la hora den su fin...
   Los refuerzos acaban de penetrar el lugar, encontrando toda la masacre que dejaron Enrique y Gadrel en su camino, buscando señales de vida. No falta mucho para que los encuentren...
   Gadrel se avalanza sobre el jefe como un animal salvaje. Él trata de darse vuelta para disparar pero es tirado al piso desviando el disparo, dándole a Enrique. Trata de dispararle a Gadrel, pero el corta su mano con su enorme navaja. El agudo grito delata su ubicación ante los refuerzos y todos se dirigen lo más rápido posible hacia allí.
     Enrique se está desangrando en el suelo, tratando de hacer presión en la herida, mientras Gadrel descarga todo su odio contra aquel hombre sin importarle nada. Llegan los refuerzos pero se detienen y quedan horrorizados al ver la siguiente escena. Enrique muerto en la puerta y Gadrel encima del líder, cubierto de sangre con su corazón en la mano. Ahora sí, está satisfecho.
Lourdes N.

sábado, 12 de julio de 2014

Enrique

Hacia el año 2005 ya habían pasado cinco años desde la muerte de María, mi esposa. Ella había sido todo para mí, la había amado muchísimo. Cada vez que pensaba en ella, recordaba lo horrible que había sido estar en ese hospital, en especial la zona en donde se encontraban las personas con cáncer; lamentablemente, mi mujer se encontraba allí, ya que tenía cáncer terminal. Además siempre que la recordaba, me sentía cada vez más solo; todo lo que hacía me la recordaba y se me hacía inevitable pensar en ella. Recuerdo que mis amigos siempre trataban de animarme; salíamos todos juntos: al cine, a comer, al gimnasio, etc. Hasta que mi amigo Silvio llevó a su amigo Enrique a una de nuestras salidas, él era muy simpático y gracioso, siempre nos hacía reír con las tonterías que decía.
 Pasada una semana arreglamos en que nos juntaríamos en casa de Silvio a comer un asado, y que para mi sorpresa Enrique asistió. Recuerdo que me miraba de una forma extraña pero que a la vez me gustaba. Los días pasaban y cada vez que lo veía me sentía raro, como si tuviera mariposas en el estómago; la verdad es que lo que sentía eran cosas que nunca me había pasado (excepto con María) y menos con un hombre. No podía dejar de observarlo, algo me gustaba de él y no podía descubrir qué, exactamente; quizás sus ojos tan aguados y hermosos del color del cielo o quizás su cabello dorado perfecto. Estar con él hacía que las huellas que dejó María en mi corazón desaparecieran y al escuchar su nombre me alegraba por completo.
 Recuerdo que Enrique nos había invitado a comer; pero ninguno de los chicos podía y yo sí. Así que decidimos ir él y yo. La situación de salir solo con él me ponía muy nervioso; la noche se acercaba y aún dudaba en qué ropa me pondría, quería impresionarlo.
 La noche había llegado y estaba realmente nervioso. Cuando llegué al restaurante lo vi, sentado y muy bonito. Lo saludé y tomé asiento.
 Recuerdo que esa había sido la primera vez que no nos juntábamos todos juntos. "Por fin solos" pensé. Él me miraba muy fijamente y yo a él, tenía unos ojos bellísimos; no podía dejar de observarlos, realmente me gustaba. Esa se convirtió en la mejor noche de mi vida, ya que él me declaró su amor y yo le correspondí, obviamente.
Al principio tuvimos miedo, no estábamos seguros si contarles o no a nuestros amigos, temíamos que no nos vuelvan a hablar. Así que mantuvimos nuestra relación en secreto, pero el secreto no duró mucho. "Lo notamos desde un principio, se miraban de forma extraña y cariñosa a la vez", nos dijeron. Ellos estaban felices con nuestra relación, y eso nos alegró mucho a Enrique y a mí.

Desde entonces no nos separamos nunca en la vida. Hoy en día estamos felizmente casados, tenemos 80 años y nos conocemos desde los treinta. Es decir que estamos juntos desde hace 50 años. Ambos estamos muy viejos y cansados, tuvimos una linda historia juntos y me alegra saber que estaré con él absolutamente todo el poco tiempo que me queda de vida.

Muerte lenta

Si bien todos tenemos problemas para estar de acuerdo con otra persona esto es bastante diferente para mí; no podía dejar que siguiera diciendo que la quería mientras que la mataba lentamente con palabras, acciones, objetos y actitudes. No la podía ver así, yo la amaba, no podía entender cómo se casó con un hombre así. ¿Es mejor enamorarse de las palabras, de las acciones o del físico? Si bien yo la quiero, ella eligió enamorarse de palabras, mentiras dolorosas que una vez que se dicen o lastiman o enamoran o no causan efecto alguno en la persona. Ya estaba cansado de verla sufrir, de verla llorar, de verla llegar a mi casa con moretones o sangre por todos los brazos; yo le dije que lo denuncie a la policía pero ella decía que lo amaba, que lo quería y eso me hacía sentir mal, con furia, con impotencia. Cuando la conocí era una muchachita, que siempre estaba con una sonrisa de oreja a oreja, que con solo mirar esos hermosos ojos se me abría un mar de ideas, de ilusiones. Esa chica que daba la vida por aquellas personas que quería ha desaparecido cuando empezó a salir con una de las personas más desagradecidas que pudo haber existido. La llama de esa chica se apagó tan rápido como cuando el viento apaga una vela, y todos sentimos un vacío enorme cuando aquella chica se fue y en su lugar apareció una chica deprimida, que casi ni hablaba, que parecía una muerte en vida.
Yo estaba dispuesto a hacer lo que sea por esa chica para que no sufriera más, pero ella no quería que enfrentara al hombre que amaba. Un día llegó a mi casa vestida de negro, encapuchada, con lentes oscuros y me preocupé. Me explicó lo que había sucedido y me agarró una impotencia tan grande que tiré un almohadón hacia la pared y se cayeron dos cuadros al piso. Juré por mi vida que le iba a poner los puntos a ese hombre, él no tenía el suficiente valor ni siquiera la autoridad para hacer lo que hacía. Traje mi botiquín de primeros auxilios y le curé las heridas abiertas con desinfectante; a ella le dolía pero a mí me dolía más lo que le hacia el “hombre”, por así decirlo –porque un verdadero hombre nunca le levanta la mano a una mujer– y decidí que se tenía que quedar a dormir en mi casa. Al principio no quería porque se iba a enojar su esposo y porque no tenía donde dormir. En ese momento una pequeña chispa se encendió en sus ojos y por primera vez en mucho tiempo una pequeña sonrisa se asomó por su boca. Por fin, accedió; acordamos en que yo cocinaba y ella dormía en mi cama y yo en el comedor, en el piso.
A eso de las dos de la mañana oí que hablaba por teléfono, me acerqué y escuché que lloraba mientras hablaba; entré, colgó, me acerqué a ella y la abracé hasta que se quedó dormida.
Al día siguiente no quiso tocar ese tema, desayunamos y la acerqué a su casa. Cuando bajó del auto me quedé estacionado al frente, tratando de hacerla sentir segura. Veinte minutos después empecé a escuchar gritos, bajé desesperadamente y abrí de golpe la puerta de la casa. Vi una escena que deseé nunca haber visto. Ella estaba tirada en el piso rodeada de un charco de sangre y él con un látigo en una mano y el puño ensangrentado en la otra. Corrió hacia mí, lo empujé con todas mis fuerzas y cayó al piso, comencé a patearlo hasta que no se quejó más y corrí hacia ella. Estaba tan quieta y fría que la hubiese creído muerta, si no hubiera notado el leve palpitar.
La alcé en mis brazos, corrí hacia el auto y fui al hospital a toda velocidad. Al llegar todos observaron esa escena, de una mujer a punto de morir desangrada. La pusieron en una camilla, la llevaron a una habitación. No podía dormir con esa imagen en mi cabeza. Estuve todo el día allí y no supe nada de ella hasta la mañana siguiente, cuando un policía y una enfermera me pidieron testimonio. Luego de una hora intensa de preguntas y respuestas pude ir a verla, conectada con tubos a todas las máquinas posibles, con esa expresión de profunda tristeza en su rostro pálido, con una lágrima afligida en mis ojos. Me senté al lado de ella, la miré fijamente y le dije las palabras más honestas que salieron de mi corazón. De pronto, el monitor mostró una línea recta y entraron médicos apresurados, me dijeron que salga, que algo le sucedía, que sería mejor que no estuviera presente. Salí de la habitación y observé por la ventana cómo trataban de reanimarla, no podía contenerme, comencé a llorar desconsoladamente. Media hora pasada esa horrible situación, salió un médico de la habitación. Me dijo que no pudieron lograr que su corazón volviera a latir, que hicieron todo lo posible pero no surgió efecto. Me quebré, entonces comencé a llorar infinitamente, pensando en ella y en ese hombre... Lo único que pensaba era que por su culpa esa chica divina, que con solo su presencia hacia brillar el mismo sol, se había ido de este mundo. Juré por mi vida que le iba a hacer pagar a ese hombre. Juro que así será…


jueves, 10 de julio de 2014

EL CIRCO DE LOS ZAMORA

La familia Zamora vivía en un lugar lejano, oscuro como la noche, donde había poca gente y todos se llevaban mal, sus miradas eran de perro enojado.  El barrio era chico, pero lujoso.  Las personas poseen trabajos  importantes y un buen pasar,  menos los Zamora. Ellos eran ociosos como Garfield, chismosos y deudores.
            Todos los lunes grises, llegaban los gastos de cada casa y se lo pagan al presidente del barrio. Los vecinos no tardaron en darse cuenta que ésta familia rata no pagaba nunca. El presidente Ramón fue a la choza a hablar con el responsable:
- Buen día, señor Zamora
-Hola, ¿Qué tal señor Ramón? ¿Qué necesita?
-Mirá, necesito que me pague todos los gastos, no lo podemos cubrir más, los vecinos se dieron cuenta.
-Pero señor, no los puedo pagar, tengo que mantener a mis hijos y a mi esposa. Ellos porque son matrimonios sin hijos, sin felicidad.
-Bueno, Zamora, eso no me interesa, usted debe pagar en diez días o va a la cárcel o los echamos del barrio. Usted decide, chau.
            Al otro día Luca, el hijo mayor de Zamora, golpeó la puerta blanca reluciente del señor Ramón. “Venimos con mi hermana menor a mostrarle nuestro nuevo acto, juntamos plata para pagar las deudas”. Mientras Guillermina cantaba y bailaba como el Cisne Negro, y el señor Ramón disfrutaba del espectáculo, sorprendido por los dones artísticos de la pequeña,  Luca actuaba como el  incipiente delincuente que era. En pocos minutos encontró el dinero que el presidente del barrio guardaba en un cajón, justo cuando terminaba el circo.

            Pocos días después, justo antes de que rebalsara el vaso, la familia se acercó a la oficina del señor Ramón a saldar sus deudas. Don Zamora, sin un atisbo de vergüenza y con un cinismo de doctorado, le dijo: “Aquí tiene su dinero, señor presidente. Usted sabe muy bien que nosotros tenemos conocidos y no vamos a la cárcel, pero aun así tenemos decencia, somos gente de bien. La próxima ahórrese las amenazas”.