Eran las once de la noche y Martín,
un joven desposeído, no tenía donde dormir. Pasaban y pasaban las horas y él
seguía tirado en la misma plaza, muerto de frío, esperando que alguien pasara y
le tirara un par de monedas para poder comprar algo. Pero no fue así.
Cansado de esperar, decidió
caminar por la ciudad esperando la oportunidad de robar y comprar algo para
comer. Hasta que un alto hombre con saco se acercó a él y le preguntó:
– ¿Por qué estás solo a estas
horas?
– Mi familia me abandonó.–, respondió
Martín, desconfiado. Sin pensarlo, el gran hombre se quitó su saco y se lo dio
al vagabundo de trece años. Martín quedó mudo al ver el gesto de aquel hombre. El
individuo le acarició la cabeza al joven y siguió su camino. Pasaban las horas
y Martín sentía cómo le empezaban a pesar los párpados, junto con la salida de
los primeros rayos de sol. Por fin encontró un lugar para dormir; con el estómago
vacío, se acostó en un banco de cemento y se durmió.
Al despertarse se dio cuenta que
no tenía el saco que aquel hombre le habría dado la noche anterior. Él, furioso,
recorrió las calles de la ciudad en busca del ladrón de su saco. Decidió ir a
buscar aquel saco, si fuese necesario, hasta el fin del mundo. Alienado por el
odio, se dirigió hacia aquel lugar donde se había encontrado con aquel hombre.
Al llegar, vio a una persona de espaldas que traía su saco puesto; tomó un caño
de hierro que encontró en la calle y le dio un golpe en la cabeza. El ladrón
del saco cayó al suelo, derramando un charco de sangre. Al verlo tirado en el piso,
lo invadió la curiosidad: quería conocer la cara del ladrón. Se acercó y se dio
cuenta que era un joven. No sin un poco de asco, limpió la sangre del rostro
del muchacho: lo sorprendió la similitud de los rasgos físicos que compartía
con él. Idénticos rasgos físicos, idéntico rostro, idéntica ropa, idéntico crujir de estómago hambriento. Parecía aquel joven una versión unos años más adulta de él mismo.
Martín comprendió que así era, su futuro yacía muerto en aquella vereda.
Horas después, el solidario hombre que
le donó su saco encontró a Martín muerto, en medio del lago rojo, con el caño
de hierro en la mano.
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