La
familia Zamora vivía en un lugar lejano, oscuro como la noche, donde había poca
gente y todos se llevaban mal, sus miradas eran de perro enojado. El barrio era chico, pero lujoso. Las personas poseen trabajos importantes y un buen pasar, menos los Zamora. Ellos eran ociosos como
Garfield, chismosos y deudores.
Todos los lunes grises, llegaban los
gastos de cada casa y se lo pagan al presidente del barrio. Los vecinos no
tardaron en darse cuenta que ésta familia rata no pagaba nunca. El presidente
Ramón fue a la choza a hablar con el responsable:
- Buen
día, señor Zamora
-Hola,
¿Qué tal señor Ramón? ¿Qué necesita?
-Mirá,
necesito que me pague todos los gastos, no lo podemos cubrir más, los vecinos
se dieron cuenta.
-Pero
señor, no los puedo pagar, tengo que mantener a mis hijos y a mi esposa. Ellos
porque son matrimonios sin hijos, sin felicidad.
-Bueno,
Zamora, eso no me interesa, usted debe pagar en diez días o va a la cárcel o
los echamos del barrio. Usted decide, chau.
Al otro día Luca, el hijo mayor de
Zamora, golpeó la puerta blanca reluciente del señor Ramón. “Venimos con mi
hermana menor a mostrarle nuestro nuevo acto, juntamos plata para pagar las
deudas”. Mientras Guillermina cantaba y bailaba como el Cisne Negro, y el señor
Ramón disfrutaba del espectáculo, sorprendido por los dones artísticos de la
pequeña, Luca actuaba como el incipiente delincuente que era. En pocos
minutos encontró el dinero que el presidente del barrio guardaba en un cajón,
justo cuando terminaba el circo.
Pocos días después, justo antes de
que rebalsara el vaso, la familia se acercó a la oficina del señor Ramón a
saldar sus deudas. Don Zamora, sin un atisbo de vergüenza y con un cinismo de
doctorado, le dijo: “Aquí tiene su dinero, señor presidente. Usted sabe muy
bien que nosotros tenemos conocidos y no vamos a la cárcel, pero aun así
tenemos decencia, somos gente de bien. La próxima ahórrese las amenazas”.
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