Ya habían pasado 65 años. Su vida transcurría entre
brisas familiares y laborales. Había llegado el tiempo de descansar, de cumplir
los sueños postergados. Se amontonaban los pensamientos produciendo un desvelo
intenso, ya que por las noches la soledad era su compañía. Sus hijos lo
acompañaban en los almuerzos del domingo.
En uno de ellos repentinamente se le produjeron olvidos,
llamando la atención de sus hijos. Estas situaciones se volvieron cada vez más
frecuentes.
Pasado el tiempo, un examen médico devela un alzhéimer.
Los sueños, los miedos, las decepciones rondaban la casa. Sobre su mesa de luz,
una libreta de hojas rasgadas dibuja sus proyectos.
Una noche llamó a sus hijos y entre risas, recuerdos y
café relató sus sueños de viajar. Entonces el silencio protagonizó la noche.
Intentaron explicarle que sería imposible debido a su enfermedad. Las palabras
se transformaron en discusión, llanto, desencanto y soledad.
Se sentía controlado y anestesiado. La noche lo rodeó de
pensamientos. Acomodó su ropa, caminó lentamente por cada rincón de su casa.
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