viernes, 31 de octubre de 2014

¿Qué pasó?


¿Quién soy o quién quiero ser? Preguntas que viven constantemente en mi cabeza cada minuto de mi vida. Soy Emily Roberts, y esta es mi historia...
Tengo 16 años y no soy del “tipo de adolescente” que todo el mundo imagina, ese prototipo de las chicas a mi edad, que piensan en amigos, moda, fiestas, drogas, belleza, cuerpos de modelos, chicos y esas cosas; más bien soy una chica, ni alta ni baja sino “normal” de estatura, pelo castaño largo con un flequillo de costado que termina más o menos sobre mi ceja derecha; me gustan muchos los sweaters, así que por lo general estoy usando uno, y borcegos negros, marrones, grises, violetas o azules(son mis preferidos), jeans oscuros. Casi siempre ando con "mi cuaderno" para todos lados, es como mi mejor amigo, en él me desahogo y soy libre de decir todo lo que se me pasa por la cabeza, me gusta leer y mucho, estoy prácticamente todo el día con un libro en mi mano, obvio que los auriculares nunca me faltan.
Caminaba por mi casa cuando de repente me topé con espejo, me vi y me pregunté qué era lo que veía. Corrí a sacarme la ropa hasta quedar en ropa interior y me observé... ¿qué veía? Veía una clavícula que había desaparecido en el transcurso de los años, tapada por grasa y piel, veía unos brazos que los confundías con  grandes y anchos almohadones, también notaba cómo mis piernas se juntaban sin dejar ese hermoso espacio en mi entrepierna, veía una bola de grasa que daba terror observar.
Llegaba la hora de comer y se me erizaba la piel como si hubiera visto a la mismísima muerte frente a mí buscándome. Mamá me llamó a la mesa y fingí dolor de panza y simplemente me fui  dormir. Después de esa noche larga, llena de pensamientos y lágrimas, desperté para ir a enfrentarme con el mundo, vestí con la ropa más suelta posible para que nadie observara mi crasitud; no desayuné y me fui al colegio. Llegué y me saludó mi amiga, venía comiendo un yogur y bizcochos de aproximadamente 400 calorías cada uno, me preguntó si quería y dije que no, que había desayunado en casa... Se hicieron las 19:30hs y mi estómago rugía como un perro rabioso a punto de atacar.
Llegó la hora de la cena en casa y mamá no me dejó saltearme esta comida así que busqué la solución más rápida: saqué toda esa comida de mi cuerpo con un solo vómito. Con el pasar de las horas, días, meses no notaba ningún cambio; sí, cuando subí a la balanza meses atrás marcaba 74,6 kilos y ahora marca 43,5 kilos, pero no notaba una diferencia me daba terror acercarme a un espejo, o mirar mi reflejo en la ducha.
Pasaban los días y me sentía débil, la balanza marcaba 35,7, faltaba poco para mi meta de los 30 kilos, fui a la cocina por pastillas porque estaba muy mareada y en medio del pasillo se me nubló la vista, sentía que la cabeza me iba a estallar, mis rodillas se doblaron como una silla plegable y caí.

Abrí mis ojos y me vi acostada con un delantal blanco y una pulsera roja en mi brazo, volteé y vi a mi mamá llorando, yo estaba conectada a una máquina con muchos cables que rodeaban mi cuerpo, como si intentaran estrangularme. Recuerdo que vi una luz que me segó y escuchaba cómo mi madre gritaba mi nombre y lloraba con desesperación.

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