¿Quién soy o quién quiero
ser? Preguntas que viven constantemente en mi cabeza cada minuto de mi vida. Soy
Emily Roberts, y esta es mi historia...
Tengo 16 años y no soy del “tipo
de adolescente” que todo el mundo imagina, ese prototipo de las chicas a mi
edad, que piensan en amigos, moda, fiestas, drogas, belleza, cuerpos de
modelos, chicos y esas cosas; más bien soy una chica, ni alta ni baja sino “normal”
de estatura, pelo castaño largo con un flequillo de costado que termina más o
menos sobre mi ceja derecha; me gustan muchos los sweaters, así que por lo
general estoy usando uno, y borcegos negros, marrones, grises, violetas o
azules(son mis preferidos), jeans oscuros. Casi siempre ando con "mi
cuaderno" para todos lados, es como mi mejor amigo, en él me desahogo y
soy libre de decir todo lo que se me pasa por la cabeza, me gusta leer y mucho,
estoy prácticamente todo el día con un libro en mi mano, obvio que los
auriculares nunca me faltan.
Caminaba por mi casa cuando
de repente me topé con espejo, me vi y me pregunté qué era lo que veía. Corrí a
sacarme la ropa hasta quedar en ropa interior y me observé... ¿qué veía? Veía
una clavícula que había desaparecido en el transcurso de los años, tapada por
grasa y piel, veía unos brazos que los confundías con grandes y anchos almohadones, también notaba
cómo mis piernas se juntaban sin dejar ese hermoso espacio en mi entrepierna, veía
una bola de grasa que daba terror observar.
Llegaba la hora de comer y
se me erizaba la piel como si hubiera visto a la mismísima muerte frente a mí
buscándome. Mamá me llamó a la mesa y fingí dolor de panza y simplemente me
fui dormir. Después de esa noche larga,
llena de pensamientos y lágrimas, desperté para ir a enfrentarme con el mundo, vestí
con la ropa más suelta posible para que nadie observara mi crasitud; no desayuné
y me fui al colegio. Llegué y me saludó mi amiga, venía comiendo un yogur y
bizcochos de aproximadamente 400 calorías cada uno, me preguntó si quería y
dije que no, que había desayunado en casa... Se hicieron las 19:30hs y mi estómago
rugía como un perro rabioso a punto de atacar.
Llegó la hora de la cena en
casa y mamá no me dejó saltearme esta comida así que busqué la solución más
rápida: saqué toda esa comida de mi cuerpo con un solo vómito. Con el pasar de
las horas, días, meses no notaba ningún cambio; sí, cuando subí a la balanza
meses atrás marcaba 74,6 kilos y ahora marca 43,5 kilos, pero no notaba una
diferencia me daba terror acercarme a un espejo, o mirar mi reflejo en la
ducha.
Pasaban los días y me sentía
débil, la balanza marcaba 35,7, faltaba poco para mi meta de los 30 kilos, fui
a la cocina por pastillas porque estaba muy mareada y en medio del pasillo se
me nubló la vista, sentía que la cabeza me iba a estallar, mis rodillas se
doblaron como una silla plegable y caí.
Abrí mis ojos y me vi
acostada con un delantal blanco y una pulsera roja en mi brazo, volteé y vi a
mi mamá llorando, yo estaba conectada a una máquina con muchos cables que
rodeaban mi cuerpo, como si intentaran estrangularme. Recuerdo que vi una luz
que me segó y escuchaba cómo mi madre gritaba mi nombre y lloraba con
desesperación.
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