Eran las 8.15 a.m. y abríamos los ojos como de costumbre. Luego de
prepararnos, nos dirigimos a la sala principal para recibir a un nuevo aprendiz
en el cuartel. Era el sobrino del general Cortez, pero no tenían nada en común;
piel pálida, cuerpo muy delgado, el rostro cansado y triste. Realizaba sus
labores sin decir una palabra y cumplía órdenes sin ningún reproche.
Esa primera noche, descubrí que el muchacho era sonámbulo y se lo
comenté a mis compañeros. Cada día que pasaba, hacía más visible que él no era
como los demás; ataques de ira y llantos sin razón, comenzaron a asustarnos.
Una noche, mientras el resto dormía profundamente, lo perseguí luego de
que se levantó exaltado de su cama, pero con la oscuridad que inundaba el largo
pasillo, le perdí el rastro a los pocos segundos. Continué caminando y a la tercera
habitación me detuve de repente:
-Les dije, presa fácil.
-Pero, ¿a su propio sobrino?
-Nunca fuimos unidos, de hecho, me pareció perfecto, piensen… un chico
callado con comportamientos raros y nadie sospecharía que el culpable pudiera
ser de la misma sangre.
-Bien, entonces preparen todo, ya está listo para entregarlo al señor.
Nunca le conté esto a nadie; al día siguiente me retiré del ejército sin
dar explicación. Admito que aún me siento culpable al dejar a mis amigos sin
decirles nada, me aflige pensar que cualquiera de ellos puede ser el siguiente.
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