sábado, 12 de julio de 2014

Muerte lenta

Si bien todos tenemos problemas para estar de acuerdo con otra persona esto es bastante diferente para mí; no podía dejar que siguiera diciendo que la quería mientras que la mataba lentamente con palabras, acciones, objetos y actitudes. No la podía ver así, yo la amaba, no podía entender cómo se casó con un hombre así. ¿Es mejor enamorarse de las palabras, de las acciones o del físico? Si bien yo la quiero, ella eligió enamorarse de palabras, mentiras dolorosas que una vez que se dicen o lastiman o enamoran o no causan efecto alguno en la persona. Ya estaba cansado de verla sufrir, de verla llorar, de verla llegar a mi casa con moretones o sangre por todos los brazos; yo le dije que lo denuncie a la policía pero ella decía que lo amaba, que lo quería y eso me hacía sentir mal, con furia, con impotencia. Cuando la conocí era una muchachita, que siempre estaba con una sonrisa de oreja a oreja, que con solo mirar esos hermosos ojos se me abría un mar de ideas, de ilusiones. Esa chica que daba la vida por aquellas personas que quería ha desaparecido cuando empezó a salir con una de las personas más desagradecidas que pudo haber existido. La llama de esa chica se apagó tan rápido como cuando el viento apaga una vela, y todos sentimos un vacío enorme cuando aquella chica se fue y en su lugar apareció una chica deprimida, que casi ni hablaba, que parecía una muerte en vida.
Yo estaba dispuesto a hacer lo que sea por esa chica para que no sufriera más, pero ella no quería que enfrentara al hombre que amaba. Un día llegó a mi casa vestida de negro, encapuchada, con lentes oscuros y me preocupé. Me explicó lo que había sucedido y me agarró una impotencia tan grande que tiré un almohadón hacia la pared y se cayeron dos cuadros al piso. Juré por mi vida que le iba a poner los puntos a ese hombre, él no tenía el suficiente valor ni siquiera la autoridad para hacer lo que hacía. Traje mi botiquín de primeros auxilios y le curé las heridas abiertas con desinfectante; a ella le dolía pero a mí me dolía más lo que le hacia el “hombre”, por así decirlo –porque un verdadero hombre nunca le levanta la mano a una mujer– y decidí que se tenía que quedar a dormir en mi casa. Al principio no quería porque se iba a enojar su esposo y porque no tenía donde dormir. En ese momento una pequeña chispa se encendió en sus ojos y por primera vez en mucho tiempo una pequeña sonrisa se asomó por su boca. Por fin, accedió; acordamos en que yo cocinaba y ella dormía en mi cama y yo en el comedor, en el piso.
A eso de las dos de la mañana oí que hablaba por teléfono, me acerqué y escuché que lloraba mientras hablaba; entré, colgó, me acerqué a ella y la abracé hasta que se quedó dormida.
Al día siguiente no quiso tocar ese tema, desayunamos y la acerqué a su casa. Cuando bajó del auto me quedé estacionado al frente, tratando de hacerla sentir segura. Veinte minutos después empecé a escuchar gritos, bajé desesperadamente y abrí de golpe la puerta de la casa. Vi una escena que deseé nunca haber visto. Ella estaba tirada en el piso rodeada de un charco de sangre y él con un látigo en una mano y el puño ensangrentado en la otra. Corrió hacia mí, lo empujé con todas mis fuerzas y cayó al piso, comencé a patearlo hasta que no se quejó más y corrí hacia ella. Estaba tan quieta y fría que la hubiese creído muerta, si no hubiera notado el leve palpitar.
La alcé en mis brazos, corrí hacia el auto y fui al hospital a toda velocidad. Al llegar todos observaron esa escena, de una mujer a punto de morir desangrada. La pusieron en una camilla, la llevaron a una habitación. No podía dormir con esa imagen en mi cabeza. Estuve todo el día allí y no supe nada de ella hasta la mañana siguiente, cuando un policía y una enfermera me pidieron testimonio. Luego de una hora intensa de preguntas y respuestas pude ir a verla, conectada con tubos a todas las máquinas posibles, con esa expresión de profunda tristeza en su rostro pálido, con una lágrima afligida en mis ojos. Me senté al lado de ella, la miré fijamente y le dije las palabras más honestas que salieron de mi corazón. De pronto, el monitor mostró una línea recta y entraron médicos apresurados, me dijeron que salga, que algo le sucedía, que sería mejor que no estuviera presente. Salí de la habitación y observé por la ventana cómo trataban de reanimarla, no podía contenerme, comencé a llorar desconsoladamente. Media hora pasada esa horrible situación, salió un médico de la habitación. Me dijo que no pudieron lograr que su corazón volviera a latir, que hicieron todo lo posible pero no surgió efecto. Me quebré, entonces comencé a llorar infinitamente, pensando en ella y en ese hombre... Lo único que pensaba era que por su culpa esa chica divina, que con solo su presencia hacia brillar el mismo sol, se había ido de este mundo. Juré por mi vida que le iba a hacer pagar a ese hombre. Juro que así será…


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