Si
bien todos tenemos problemas para estar de acuerdo con otra persona esto es
bastante diferente para mí; no podía dejar que siguiera diciendo que la quería
mientras que la mataba lentamente con palabras, acciones, objetos y actitudes.
No la podía ver así, yo la amaba, no podía entender cómo se casó con un hombre
así. ¿Es mejor enamorarse de las palabras, de las acciones o del físico? Si
bien yo la quiero, ella eligió enamorarse de palabras, mentiras dolorosas que
una vez que se dicen o lastiman o enamoran o no causan efecto alguno en la
persona. Ya estaba cansado de verla sufrir, de verla llorar, de verla llegar a
mi casa con moretones o sangre por todos los brazos; yo le dije que lo denuncie
a la policía pero ella decía que lo amaba, que lo quería y eso me hacía sentir
mal, con furia, con impotencia. Cuando la conocí era una muchachita, que
siempre estaba con una sonrisa de oreja a oreja, que con solo mirar esos
hermosos ojos se me abría un mar de ideas, de ilusiones. Esa chica que daba la
vida por aquellas personas que quería ha desaparecido cuando empezó a salir con
una de las personas más desagradecidas que pudo haber existido. La llama de esa
chica se apagó tan rápido como cuando el viento apaga una vela, y todos
sentimos un vacío enorme cuando aquella chica se fue y en su lugar apareció una
chica deprimida, que casi ni hablaba, que parecía una muerte en vida.
Yo
estaba dispuesto a hacer lo que sea por esa chica para que no sufriera más,
pero ella no quería que enfrentara al hombre que amaba. Un día llegó a mi casa
vestida de negro, encapuchada, con lentes oscuros y me preocupé. Me explicó lo
que había sucedido y me agarró una impotencia tan grande que tiré un almohadón
hacia la pared y se cayeron dos cuadros al piso. Juré por mi vida que le iba a poner
los puntos a ese hombre, él no tenía el suficiente valor ni siquiera la
autoridad para hacer lo que hacía. Traje mi botiquín de primeros auxilios y le
curé las heridas abiertas con desinfectante; a ella le dolía pero a mí me dolía
más lo que le hacia el “hombre”, por así decirlo –porque un verdadero hombre
nunca le levanta la mano a una mujer– y decidí que se tenía que quedar a dormir
en mi casa. Al principio no quería porque se iba a enojar su esposo y porque no
tenía donde dormir. En ese momento una pequeña chispa se encendió en sus ojos y
por primera vez en mucho tiempo una pequeña sonrisa se asomó por su boca. Por
fin, accedió; acordamos en que yo cocinaba y ella dormía en mi cama y yo en el
comedor, en el piso.
A
eso de las dos de la mañana oí que hablaba por teléfono, me acerqué y escuché
que lloraba mientras hablaba; entré, colgó, me acerqué a ella y la abracé hasta
que se quedó dormida.
Al
día siguiente no quiso tocar ese tema, desayunamos y la acerqué a su casa.
Cuando bajó del auto me quedé estacionado al frente, tratando de hacerla sentir
segura. Veinte minutos después empecé a escuchar gritos, bajé desesperadamente
y abrí de golpe la puerta de la casa. Vi una escena que deseé nunca haber
visto. Ella estaba tirada en el piso rodeada de un charco de sangre y él con un
látigo en una mano y el puño ensangrentado en la otra. Corrió hacia mí, lo
empujé con todas mis fuerzas y cayó al piso, comencé a patearlo hasta que no se
quejó más y corrí hacia ella. Estaba tan quieta y fría que la hubiese creído
muerta, si no hubiera notado el leve palpitar.
La
alcé en mis brazos, corrí hacia el auto y fui al hospital a toda velocidad. Al
llegar todos observaron esa escena, de una mujer a punto de morir desangrada.
La pusieron en una camilla, la llevaron a una habitación. No podía dormir con
esa imagen en mi cabeza. Estuve todo el día allí y no supe nada de ella hasta
la mañana siguiente, cuando un policía y una enfermera me pidieron testimonio.
Luego de una hora intensa de preguntas y respuestas pude ir a verla, conectada
con tubos a todas las máquinas posibles, con esa expresión de profunda tristeza
en su rostro pálido, con una lágrima afligida en mis ojos. Me senté al lado de
ella, la miré fijamente y le dije las palabras más honestas que salieron de mi
corazón. De pronto, el monitor mostró una línea recta y entraron médicos apresurados,
me dijeron que salga, que algo le sucedía, que sería mejor que no estuviera
presente. Salí de la habitación y observé por la ventana cómo trataban de
reanimarla, no podía contenerme, comencé a llorar desconsoladamente. Media hora
pasada esa horrible situación, salió un médico de la habitación. Me dijo que no
pudieron lograr que su corazón volviera a latir, que hicieron todo lo posible
pero no surgió efecto. Me quebré, entonces comencé a llorar infinitamente,
pensando en ella y en ese hombre... Lo único que pensaba era que por su culpa esa
chica divina, que con solo su presencia hacia brillar el mismo sol, se había
ido de este mundo. Juré por mi vida que le iba a hacer pagar a ese hombre. Juro
que así será…
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