Michael era un hombre normal, tenía casa, auto, familia y un
trabajo común como el de todos, en realidad no tan común... él era un policía
de las unidades del FBI, estaba en un cargo prestigioso, tenía dinero y
principalmente le iba bien en su trabajo.
Tiempo atrás había atrapado a uno de los criminales más
buscados del mundo, el dueño de los carteles más peligrosos del planeta, de una
inmensidad galáctica: el cartel de los Ballas. El capo criminal era Francis
Sharp.
Michael era de no aceptar sobornos su lealtad era tan
confiable que era muy querido por sus compañeros, pero había un secreto muy
oscuro que nunca nadie supo. Hasta que un día su propio hijo lo descubrió. El pequeño estaba jugando
cerca de una puerta que su padre le había prohibido entrar, cuando tropezó y
sin querer abrió la puerta. Era esa habitación tan oscura como un agujero negro,
tan grande que el niño quedó anonadado. Lo que había allí eran unas máquinas
tan silenciosas como un espía que imprimían miles y miles de papeles.
El chico salió rápidamente de la habitación al escuchar los
pasos del padre que se acercaban adonde
estaba, cerró la puerta y se quedó
ahí como si nada hubiera pasado. Su padre le preguntó si estaba bien y él,
temblando como una hoja, le dijo que sí.
Al otro día la familia estaba invitada a un festejo de todo
el personal del FBI: Michael recibiría un premio por sus años de trabajo.
Al ser nombrado para recibir la placa, subió al atrio con su
hijo, dio sus palabras de agradecimiento y de repente el pequeño le preguntó,
frente al micrófono, qué eran esas máquinas que imprimían papeles. Sus palabras
sonaron como un eco en una cueva.
Rápidamente los oficiales se levantaron y se dirigieron a la
casa de Michael. Al entrar a la habitación descubrieron su secreto: él
falsificaba cheques y los utilizaba hacía años en muchos bancos cegados de
codicia. . Premiado y arrestado el mismo día, ese fue el fin del famoso
“falsificador”.
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