sábado, 12 de julio de 2014

Enrique

Hacia el año 2005 ya habían pasado cinco años desde la muerte de María, mi esposa. Ella había sido todo para mí, la había amado muchísimo. Cada vez que pensaba en ella, recordaba lo horrible que había sido estar en ese hospital, en especial la zona en donde se encontraban las personas con cáncer; lamentablemente, mi mujer se encontraba allí, ya que tenía cáncer terminal. Además siempre que la recordaba, me sentía cada vez más solo; todo lo que hacía me la recordaba y se me hacía inevitable pensar en ella. Recuerdo que mis amigos siempre trataban de animarme; salíamos todos juntos: al cine, a comer, al gimnasio, etc. Hasta que mi amigo Silvio llevó a su amigo Enrique a una de nuestras salidas, él era muy simpático y gracioso, siempre nos hacía reír con las tonterías que decía.
 Pasada una semana arreglamos en que nos juntaríamos en casa de Silvio a comer un asado, y que para mi sorpresa Enrique asistió. Recuerdo que me miraba de una forma extraña pero que a la vez me gustaba. Los días pasaban y cada vez que lo veía me sentía raro, como si tuviera mariposas en el estómago; la verdad es que lo que sentía eran cosas que nunca me había pasado (excepto con María) y menos con un hombre. No podía dejar de observarlo, algo me gustaba de él y no podía descubrir qué, exactamente; quizás sus ojos tan aguados y hermosos del color del cielo o quizás su cabello dorado perfecto. Estar con él hacía que las huellas que dejó María en mi corazón desaparecieran y al escuchar su nombre me alegraba por completo.
 Recuerdo que Enrique nos había invitado a comer; pero ninguno de los chicos podía y yo sí. Así que decidimos ir él y yo. La situación de salir solo con él me ponía muy nervioso; la noche se acercaba y aún dudaba en qué ropa me pondría, quería impresionarlo.
 La noche había llegado y estaba realmente nervioso. Cuando llegué al restaurante lo vi, sentado y muy bonito. Lo saludé y tomé asiento.
 Recuerdo que esa había sido la primera vez que no nos juntábamos todos juntos. "Por fin solos" pensé. Él me miraba muy fijamente y yo a él, tenía unos ojos bellísimos; no podía dejar de observarlos, realmente me gustaba. Esa se convirtió en la mejor noche de mi vida, ya que él me declaró su amor y yo le correspondí, obviamente.
Al principio tuvimos miedo, no estábamos seguros si contarles o no a nuestros amigos, temíamos que no nos vuelvan a hablar. Así que mantuvimos nuestra relación en secreto, pero el secreto no duró mucho. "Lo notamos desde un principio, se miraban de forma extraña y cariñosa a la vez", nos dijeron. Ellos estaban felices con nuestra relación, y eso nos alegró mucho a Enrique y a mí.

Desde entonces no nos separamos nunca en la vida. Hoy en día estamos felizmente casados, tenemos 80 años y nos conocemos desde los treinta. Es decir que estamos juntos desde hace 50 años. Ambos estamos muy viejos y cansados, tuvimos una linda historia juntos y me alegra saber que estaré con él absolutamente todo el poco tiempo que me queda de vida.

Muerte lenta

Si bien todos tenemos problemas para estar de acuerdo con otra persona esto es bastante diferente para mí; no podía dejar que siguiera diciendo que la quería mientras que la mataba lentamente con palabras, acciones, objetos y actitudes. No la podía ver así, yo la amaba, no podía entender cómo se casó con un hombre así. ¿Es mejor enamorarse de las palabras, de las acciones o del físico? Si bien yo la quiero, ella eligió enamorarse de palabras, mentiras dolorosas que una vez que se dicen o lastiman o enamoran o no causan efecto alguno en la persona. Ya estaba cansado de verla sufrir, de verla llorar, de verla llegar a mi casa con moretones o sangre por todos los brazos; yo le dije que lo denuncie a la policía pero ella decía que lo amaba, que lo quería y eso me hacía sentir mal, con furia, con impotencia. Cuando la conocí era una muchachita, que siempre estaba con una sonrisa de oreja a oreja, que con solo mirar esos hermosos ojos se me abría un mar de ideas, de ilusiones. Esa chica que daba la vida por aquellas personas que quería ha desaparecido cuando empezó a salir con una de las personas más desagradecidas que pudo haber existido. La llama de esa chica se apagó tan rápido como cuando el viento apaga una vela, y todos sentimos un vacío enorme cuando aquella chica se fue y en su lugar apareció una chica deprimida, que casi ni hablaba, que parecía una muerte en vida.
Yo estaba dispuesto a hacer lo que sea por esa chica para que no sufriera más, pero ella no quería que enfrentara al hombre que amaba. Un día llegó a mi casa vestida de negro, encapuchada, con lentes oscuros y me preocupé. Me explicó lo que había sucedido y me agarró una impotencia tan grande que tiré un almohadón hacia la pared y se cayeron dos cuadros al piso. Juré por mi vida que le iba a poner los puntos a ese hombre, él no tenía el suficiente valor ni siquiera la autoridad para hacer lo que hacía. Traje mi botiquín de primeros auxilios y le curé las heridas abiertas con desinfectante; a ella le dolía pero a mí me dolía más lo que le hacia el “hombre”, por así decirlo –porque un verdadero hombre nunca le levanta la mano a una mujer– y decidí que se tenía que quedar a dormir en mi casa. Al principio no quería porque se iba a enojar su esposo y porque no tenía donde dormir. En ese momento una pequeña chispa se encendió en sus ojos y por primera vez en mucho tiempo una pequeña sonrisa se asomó por su boca. Por fin, accedió; acordamos en que yo cocinaba y ella dormía en mi cama y yo en el comedor, en el piso.
A eso de las dos de la mañana oí que hablaba por teléfono, me acerqué y escuché que lloraba mientras hablaba; entré, colgó, me acerqué a ella y la abracé hasta que se quedó dormida.
Al día siguiente no quiso tocar ese tema, desayunamos y la acerqué a su casa. Cuando bajó del auto me quedé estacionado al frente, tratando de hacerla sentir segura. Veinte minutos después empecé a escuchar gritos, bajé desesperadamente y abrí de golpe la puerta de la casa. Vi una escena que deseé nunca haber visto. Ella estaba tirada en el piso rodeada de un charco de sangre y él con un látigo en una mano y el puño ensangrentado en la otra. Corrió hacia mí, lo empujé con todas mis fuerzas y cayó al piso, comencé a patearlo hasta que no se quejó más y corrí hacia ella. Estaba tan quieta y fría que la hubiese creído muerta, si no hubiera notado el leve palpitar.
La alcé en mis brazos, corrí hacia el auto y fui al hospital a toda velocidad. Al llegar todos observaron esa escena, de una mujer a punto de morir desangrada. La pusieron en una camilla, la llevaron a una habitación. No podía dormir con esa imagen en mi cabeza. Estuve todo el día allí y no supe nada de ella hasta la mañana siguiente, cuando un policía y una enfermera me pidieron testimonio. Luego de una hora intensa de preguntas y respuestas pude ir a verla, conectada con tubos a todas las máquinas posibles, con esa expresión de profunda tristeza en su rostro pálido, con una lágrima afligida en mis ojos. Me senté al lado de ella, la miré fijamente y le dije las palabras más honestas que salieron de mi corazón. De pronto, el monitor mostró una línea recta y entraron médicos apresurados, me dijeron que salga, que algo le sucedía, que sería mejor que no estuviera presente. Salí de la habitación y observé por la ventana cómo trataban de reanimarla, no podía contenerme, comencé a llorar desconsoladamente. Media hora pasada esa horrible situación, salió un médico de la habitación. Me dijo que no pudieron lograr que su corazón volviera a latir, que hicieron todo lo posible pero no surgió efecto. Me quebré, entonces comencé a llorar infinitamente, pensando en ella y en ese hombre... Lo único que pensaba era que por su culpa esa chica divina, que con solo su presencia hacia brillar el mismo sol, se había ido de este mundo. Juré por mi vida que le iba a hacer pagar a ese hombre. Juro que así será…


jueves, 10 de julio de 2014

EL CIRCO DE LOS ZAMORA

La familia Zamora vivía en un lugar lejano, oscuro como la noche, donde había poca gente y todos se llevaban mal, sus miradas eran de perro enojado.  El barrio era chico, pero lujoso.  Las personas poseen trabajos  importantes y un buen pasar,  menos los Zamora. Ellos eran ociosos como Garfield, chismosos y deudores.
            Todos los lunes grises, llegaban los gastos de cada casa y se lo pagan al presidente del barrio. Los vecinos no tardaron en darse cuenta que ésta familia rata no pagaba nunca. El presidente Ramón fue a la choza a hablar con el responsable:
- Buen día, señor Zamora
-Hola, ¿Qué tal señor Ramón? ¿Qué necesita?
-Mirá, necesito que me pague todos los gastos, no lo podemos cubrir más, los vecinos se dieron cuenta.
-Pero señor, no los puedo pagar, tengo que mantener a mis hijos y a mi esposa. Ellos porque son matrimonios sin hijos, sin felicidad.
-Bueno, Zamora, eso no me interesa, usted debe pagar en diez días o va a la cárcel o los echamos del barrio. Usted decide, chau.
            Al otro día Luca, el hijo mayor de Zamora, golpeó la puerta blanca reluciente del señor Ramón. “Venimos con mi hermana menor a mostrarle nuestro nuevo acto, juntamos plata para pagar las deudas”. Mientras Guillermina cantaba y bailaba como el Cisne Negro, y el señor Ramón disfrutaba del espectáculo, sorprendido por los dones artísticos de la pequeña,  Luca actuaba como el  incipiente delincuente que era. En pocos minutos encontró el dinero que el presidente del barrio guardaba en un cajón, justo cuando terminaba el circo.

            Pocos días después, justo antes de que rebalsara el vaso, la familia se acercó a la oficina del señor Ramón a saldar sus deudas. Don Zamora, sin un atisbo de vergüenza y con un cinismo de doctorado, le dijo: “Aquí tiene su dinero, señor presidente. Usted sabe muy bien que nosotros tenemos conocidos y no vamos a la cárcel, pero aun así tenemos decencia, somos gente de bien. La próxima ahórrese las amenazas”.