viernes, 31 de octubre de 2014

El viaje

Ya habían pasado 65 años. Su vida transcurría entre brisas familiares y laborales. Había llegado el tiempo de descansar, de cumplir los sueños postergados. Se amontonaban los pensamientos produciendo un desvelo intenso, ya que por las noches la soledad era su compañía. Sus hijos lo acompañaban en los almuerzos del domingo.
En uno de ellos repentinamente se le produjeron olvidos, llamando la atención de sus hijos. Estas situaciones se volvieron cada vez más frecuentes.
Pasado el tiempo, un examen médico devela un alzhéimer. Los sueños, los miedos, las decepciones rondaban la casa. Sobre su mesa de luz, una libreta de hojas rasgadas dibuja sus proyectos.
Una noche llamó a sus hijos y entre risas, recuerdos y café relató sus sueños de viajar. Entonces el silencio protagonizó la noche. Intentaron explicarle que sería imposible debido a su enfermedad. Las palabras se transformaron en discusión, llanto, desencanto y soledad.
Se sentía controlado y anestesiado. La noche lo rodeó de pensamientos. Acomodó su ropa, caminó lentamente por cada rincón de su casa.

Su hija, como cada mañana fue a visitarlo. Solo encontró el silencio de la casa.

¿Qué pasó?


¿Quién soy o quién quiero ser? Preguntas que viven constantemente en mi cabeza cada minuto de mi vida. Soy Emily Roberts, y esta es mi historia...
Tengo 16 años y no soy del “tipo de adolescente” que todo el mundo imagina, ese prototipo de las chicas a mi edad, que piensan en amigos, moda, fiestas, drogas, belleza, cuerpos de modelos, chicos y esas cosas; más bien soy una chica, ni alta ni baja sino “normal” de estatura, pelo castaño largo con un flequillo de costado que termina más o menos sobre mi ceja derecha; me gustan muchos los sweaters, así que por lo general estoy usando uno, y borcegos negros, marrones, grises, violetas o azules(son mis preferidos), jeans oscuros. Casi siempre ando con "mi cuaderno" para todos lados, es como mi mejor amigo, en él me desahogo y soy libre de decir todo lo que se me pasa por la cabeza, me gusta leer y mucho, estoy prácticamente todo el día con un libro en mi mano, obvio que los auriculares nunca me faltan.
Caminaba por mi casa cuando de repente me topé con espejo, me vi y me pregunté qué era lo que veía. Corrí a sacarme la ropa hasta quedar en ropa interior y me observé... ¿qué veía? Veía una clavícula que había desaparecido en el transcurso de los años, tapada por grasa y piel, veía unos brazos que los confundías con  grandes y anchos almohadones, también notaba cómo mis piernas se juntaban sin dejar ese hermoso espacio en mi entrepierna, veía una bola de grasa que daba terror observar.
Llegaba la hora de comer y se me erizaba la piel como si hubiera visto a la mismísima muerte frente a mí buscándome. Mamá me llamó a la mesa y fingí dolor de panza y simplemente me fui  dormir. Después de esa noche larga, llena de pensamientos y lágrimas, desperté para ir a enfrentarme con el mundo, vestí con la ropa más suelta posible para que nadie observara mi crasitud; no desayuné y me fui al colegio. Llegué y me saludó mi amiga, venía comiendo un yogur y bizcochos de aproximadamente 400 calorías cada uno, me preguntó si quería y dije que no, que había desayunado en casa... Se hicieron las 19:30hs y mi estómago rugía como un perro rabioso a punto de atacar.
Llegó la hora de la cena en casa y mamá no me dejó saltearme esta comida así que busqué la solución más rápida: saqué toda esa comida de mi cuerpo con un solo vómito. Con el pasar de las horas, días, meses no notaba ningún cambio; sí, cuando subí a la balanza meses atrás marcaba 74,6 kilos y ahora marca 43,5 kilos, pero no notaba una diferencia me daba terror acercarme a un espejo, o mirar mi reflejo en la ducha.
Pasaban los días y me sentía débil, la balanza marcaba 35,7, faltaba poco para mi meta de los 30 kilos, fui a la cocina por pastillas porque estaba muy mareada y en medio del pasillo se me nubló la vista, sentía que la cabeza me iba a estallar, mis rodillas se doblaron como una silla plegable y caí.

Abrí mis ojos y me vi acostada con un delantal blanco y una pulsera roja en mi brazo, volteé y vi a mi mamá llorando, yo estaba conectada a una máquina con muchos cables que rodeaban mi cuerpo, como si intentaran estrangularme. Recuerdo que vi una luz que me segó y escuchaba cómo mi madre gritaba mi nombre y lloraba con desesperación.

La desaparición en el mar.

Era una tarde soleada del 29 de mayo de 1840 en Moscú. La familia Ohinfeev se encontraba descansando cuando de repente se encuentran con un desconocido y empiezan a hablar. El hombre le comenta a la familia que tenía que saldar una deuda, la familia piensa que era un loco que se había escapado del psiquiátrico. En realidad así había sido, el hombre no aguantaba más estar en aquel encierro, por eso decidió escaparse de ese lugar.

Al día siguiente la familia comenzó su rutina, como siempre; desayunar, bañarse, el padre a trabajar, la madre ocupada en  las cosas de su casa y en preparar a los chicos para la escuela. Llegada la hora, salen afuera y los estaba esperando el autobús; al subir, observan la cara del chofer y les parece conocida.

Luego de varios minutos conduciendo, los chicos se preguntaban hacia donde iban, quizás el nuevo chofer no conocía el camino. El hombre, callado y serio, seguía conduciendo. Los alumnos fastidiados por el viaje empezaron a arrojase bolas de papel entre ellos. El rostro del chofer se transformó; recordó su infancia y empezó a conducir furiosamente hacia el puerto y se arrojó junto con los niños al mar.

Todavía no se sabe nada sobre lo que pasó y ese hecho quedó en la nada, en la suposición de un accidente, una falla en los frenos. Todo quedó en el olvido y en la mente del extraño chofer y de cada uno de los niños que iban en el autobús.

¿Por qué?

Mi mejor amigo siempre decía que era muy pequeña para viajar en colectivo sola, pero para mí era algo muy común, nunca estaban mis padres en casa y no podían encargarse de mí. Era muy raro, y pocas veces sucedía que me llevaban al colegio o a cualquier otro lugar. Tenían mucho trabajo y no les sobraba tiempo para acompañarme. Suerte que soy hija única, sino sería un caos tener que cuidar a alguien más que a mí.
Pasé la mayoría de mi infancia en casa de mis tíos, ellos tenían dos hijos con quienes siempre jugaba, eran como mis hermanos mayores. Me encantaba estar ahí, me recibían muy bien y siempre compraban helado de frutilla, mi sabor de postre favorito.
Hace muchos años que no los veo, después de aquella discusión que tuvieron con mis padres no los volví a ver más. No recuerdo la razón de esa horrible situación, pero desde ese día nada fue igual. Hice varios intentos inútiles para saber que ocurría, pero todos fallaron. También traté de ir a su casa, pero mis padres siempre me lo impedían.
Ya dejé de intentarlo, crecí sola y aprendí a cuidarme. Mis padres aún siguen con su trabajo, llegan a casa solo para dormir. Al principio me molestaba un poco pero ya no, a esta edad llegue a acostumbrarme.
Hoy es Lunes y como siempre me toca lavar los pisos, tengo todo organizado en una lista, los lunes lavar pisos, los martes lavar la ropa y planchar, los miércoles limpiar mi habitación (que pocas veces está sucia) y los jueves asear el baño. Puse música para no aburrirme, busqué lo que necesitaba y comencé a fregar. Limpié casi toda la casa, menos la habitación de mis padres, nunca podía entrar ahí, estaba prohibido para mí. Siempre me dio curiosidad saber que habría allí que no estaba permitido mi acceso, pero como habían dicho mis padres una y otra vez, hay que respetar la privacidad del otro, así que nunca intenté entrar y husmear, aún cuando estaba la mayoría del tiempo sola.
Se hizo la una de la tarde y ya tendría que estar en el colegio, así que salí inmediatamente y me dirigí a la parada de colectivo. Luego de 5 minutos de espera llegó el transporte y me subí. Me gustaba estar ahí, veía mucha gente pasar, a veces las mismas personas que seguramente iban a trabajar o a estudiar. Era algo acogedor  tener a tanta gente alrededor mío. A muchos les molestaría, pero a mí no, siempre fui muy positiva y diferente a los demás. Llegué a mi colegio y la preceptora estaba en la entrada, la saludé y caminé directo a mi salón. Nunca me regañaba ni decía nada, sabía que parte del tiempo estaba sola y que mis padres trabajaban durante todo el día, mis profesores también estaban al tanto de mí situación, así que no se hacían problema si llegaba un poco tarde, ellos decían que me entendían.
Entré y mi mejor amigo me había guardado un asiento junto a él, siempre fuimos muy unidos. Desde la primaria estamos juntos, recuerdo el día en que lo conocí, era un miércoles y teníamos que hacer un trabajo de a dos y me tocó hacerlo con él. Luego de ese día empezamos a ser amigos. Siempre fue medio distraído, así que yo lo ayudaba con las tareas y le recordaba los días de prueba. Así comenzó hasta que terminamos contándonos todo lo que nos sucedía y le confié mis más grandes secretos, que no eran muchos y a esta edad no los recuerdo, tal vez él tampoco. Éramos demasiado chicos y lo único que sé es que en ese entonces aún estaba con mis tíos.
Luego de que la clase haya terminado y de haber charlado un rato con él, me despedí y volví a casa en cole, como de costumbre.
Bajé a la parada y caminé hacia mi casa, decidí tomar el camino más largo, no tenía ningún apuro, la profesora de matemática y la de lengua no habían dado ninguna tarea. A dos cuadras de mi casa pude observar a unos chicos de aproximadamente 18 años jugando con una pelota, así que decidí ir por el otro lado de la cuadra. No es que crea que sean malos, sino que a veces no me gusta pasar por al lado de un grupo grande de chicos, ya que la mayoría siempre hacía algún comentario fuera de lugar y me ponían incomoda. Aunque solo eran palabras, por suerte nunca nadie me hizo nada.
Abrí la puerta y fui directo a mi habitación, dejé mis cosas a un costado y me acosté en la cama. Últimamente, aunque no quiera, muchas situaciones de cuando era chica pasaban por mi mente. Trato de no pensar mucho.  Hasta ahora solo logro ver pequeños recuerdos sueltos, mis padres saludándome, mis tíos jugando conmigo, mis primos obligándome a hacer quien sabe qué, pero no logro entender nada.
Raramente me dormí. Ya amaneció y tengo que lavar la ropa. Recogí cada prenda que estaba en mi pieza y me dirigí al lavadero, al pasar por el cuarto de mis padres, creí que sería mejor lavarles la ropa a ellos también, ya que de seguro llegarían tarde y no habrían tenido la oportunidad de lavarla ellos mismos. La idea de entrar me asustaba un poco, no quería que se dieran cuenta pero debía entrar para terminar la limpieza de hoy.  Me paré frente a la puerta y quedé mirándola fijamente durante unos pocos segundos hasta que me decidí por entrar. Abrí y observé un gran desorden, había papeles por donde se pueda ver, ropa a montones  y una improvisada pizarra a un lado de la cama. Tomé la ropa rápidamente y me fui, no me gustaba sentir esa sensación de saber que estoy haciendo algo que no está bien. Lavé todo y fui al colegio.
Llegué a la institución, y entré al salón. Saqué mi carpeta pero no logré enfocarme en las materias, seguía pensando en lo que había ocurrido y que debía poner a secar la ropa y guardarla antes de que mis padres se dieran cuenta.
Después de clases, iba caminando a mi casa y sorpresivamente me encontré con uno de mis primos, no lo había reconocido pero él a mí sí, me abrazó fuertemente y me dijo que me extrañaba mucho.  Yo solo le sonreí, me sentía rara estando al lado de él, como si algo además de la pelea de nuestros padres había pasado, algo que aún no sé pero espero saber. Me quiso acompañar hasta mi casa pero le dije que no hacía falta, así que nos despedimos y se fue. Años antes había imaginado nuestro reencuentro y no era nada parecido a esto, no sé qué me ocurrió.
Llegué a casa y colgué la ropa para que se seque. Pasé por al lado de la habitación de mis padres y la curiosidad me carcomía la cabeza, no dejaba de pensar en que más habría allí dentro y el por qué me sentía así con mi primo, si yo lo quería muchísimo y extrañaba hasta este entonces. No sé cómo fue, pero en menos de un minuto ya estaba dentro de su cuarto, buscaba respuestas y tal vez allí las encontraría. Luego de revolver un poco su armario encontré unas fotos de mí de pequeña, que por cierto, no sabía que me habían sacado, pero solo alcance a ver una completamente.  Sentí que golpearon la puerta, así que dejé todo y me fui de ahí. No era nadie, era solo producto de mi imaginación, creo que no tendría que haber entrado.
Ya se hizo de noche y como ayer, sigo pensando en por qué no me acuerdo de esas fotos, no entiendo nada. Antes todo parecía tan simple, tenía las ideas claras, y desde ayer sólo tengo ideas rotas y esparcidas en un mar de preguntas.

Dormí pensando en aquello sucedido, pero ya desperté, es un nuevo día y una nueva oportunidad para entrar al cuarto otra vez. Fui decidida a buscar las fotos y no estaban, no las encontré por ningún lado. Justo antes de irme, vi una caja debajo de la cama y la saqué. Abrí la tapa y salió un extraño olor, había ropa mía de cuando era chica, fotos mías con mis primos, y un sobre: allí habían más fotos (no sabía que teníamos cámara), había una habitación con pedazos de globos rojos y en el fondo aparecía yo con mi rostro pálido, como si estuviera asustada, como si algo me estuviera atemorizando pero, ¿cómo podría estar yo ahí y no recordarlo? Seguí viendo las fotos  y todas eran parecidas, en todas estaba yo, llorando, con la cara roja y peor. En ese instante momentos horribles pasaron por mi mente y recordé, recordé lo que me habían hecho, lo que nos habían hecho. Ya entiendo todo, no necesito más nada que saber. Mañana iré a ver a mis tíos.

viernes, 24 de octubre de 2014

Las niñas del río



El 23 de octubre del 2013 Esteban y Lorena se fueron de vacaciones al Bolsón, alquilaron una cabaña. Alrededor de esta había muchos árboles y también un pequeño río que se perdía entre las montañas. Al llegar allí ordenaron todas sus cosas en la cabaña, desayunaron y se fueron a recorrer el lugar. Mientras iban caminando se encontraron con dos niñas que estaban jugando a orillas del río, Lorena se acercó a una de ellas y le preguntó si estaban solas; la nena le dijo que estaban esperando a su papá, que fue a buscar algo a la cabaña y que estaban bien. Luego Lorena y Esteban siguieron caminando y se quedaron pensando en las niñas. Cuando llegaron a la cabaña para almorzar, de pronto escucharon que golpeaban la puerta, al abrir no había nadie; salieron afuera y vieron un moño en el piso, idéntico al que tenía la niña con la que Lorena había hablado. Entonces intrigados fueron a ver si estaban en el río, pero se encontraron con otras personas: se acercaron para preguntarles si habían visto a dos niñas y la respuesta fue siempre la misma, nadie  las había visto. Obsesionados empezaron a buscarlas, nadie las conocía. Fue  al anochecer del segundo día que hallaron la respuesta, cuando se encontraron con la anciana que cuidaba ese lugar; ella les dijo que no buscasen más, hacía décadas que la familia de las niñas busca sus cuerpos en el río. 

jueves, 23 de octubre de 2014

OFRENDA SATÁNICA.

Eran las 8.15 a.m. y abríamos los ojos como de costumbre. Luego de prepararnos, nos dirigimos a la sala principal para recibir a un nuevo aprendiz en el cuartel. Era el sobrino del general Cortez, pero no tenían nada en común; piel pálida, cuerpo muy delgado, el rostro cansado y triste. Realizaba sus labores sin decir una palabra y cumplía órdenes sin ningún reproche.
Esa primera noche, descubrí que el muchacho era sonámbulo y se lo comenté a mis compañeros. Cada día que pasaba, hacía más visible que él no era como los demás; ataques de ira y llantos sin razón, comenzaron a asustarnos.
Una noche, mientras el resto dormía profundamente, lo perseguí luego de que se levantó exaltado de su cama, pero con la oscuridad que inundaba el largo pasillo, le perdí el rastro a los pocos segundos. Continué caminando y a la tercera habitación me detuve de repente:
-Les dije, presa fácil.
-Pero, ¿a su propio sobrino?
-Nunca fuimos unidos, de hecho, me pareció perfecto, piensen… un chico callado con comportamientos raros y nadie sospecharía que el culpable pudiera ser de la misma sangre.
-Bien, entonces preparen todo, ya está listo para entregarlo al señor.

Nunca le conté esto a nadie; al día siguiente me retiré del ejército sin dar explicación. Admito que aún me siento culpable al dejar a mis amigos sin decirles nada, me aflige pensar que cualquiera de ellos puede ser el siguiente.

martes, 21 de octubre de 2014

MUERTE EXTRAÑA

A veces la vida te demuestra lo equivocado que estás al confiar en las personas ¿no? Cómo pudo pasar, cómo va a meterse en ese tipo de cosas una detective con un puesto de trabajo tan alto. Tendremos que entregarla antes que nos enriende a todos en su problema. O tal vez podríamos averiguar el caso e intentar solucionar esto, junto a ella obvio.


La detective Wilson se encargó del caso junto al equipo de trabajo, investigó acerca de las casas de apuestas clandestinas en las cuales estaba la detective Márquez metida. Según  la detective Márquez eran solo problemas de negocios, de los cuales ella se haría cargo sola. 

El equipo se marchó del caso encargándose de otros no muy importantes; todo continuó normal, el trabajo siguió, pero después de dos meses llamaron a los detectives, diciéndoles que se encontraron dos personas muertas y una violada en el domicilio de uno de los clientes de las casas de apuestas clandestinas. Allí, además de los cuerpos, encontraron una nota que decía algo así como “Espero que hayas aprendido la lección”. 

Los detectives retomaron nuevamente el caso, pero para ese entonces la detective Márquez ya no se encontraba en el país, aunque seguía con un puesto importante de detective… lo cual era peligroso ya que la nota que se encontró en el lugar del crimen llevaba su firma. 

LA JUGADA

Salgo del vestuario, concentrado, sé que tengo que dar un buen partido, una mala jugada puede echar a perder todo.
Mis compañeros y yo estamos listos, ésta final la ganamos, el campeonato es nuestro. La victoria se la voy a dedicar a ella, está ahí, mirándome como en cada partido, hoy le digo todo lo que me pasa, es mi día, me siento optimista.
Empezó el juego y vamos bien, estamos jugando como queremos. Llegaron los diez minutos finales y el equipo contrario acaba de empatarnos, se nos está complicando, no agarramos una.

Hasta que llegó el milagro, la tiene el número nueve de mi club, me la pasa, la tengo en mis manos, queda un minuto y sé que puedo, pero miro a mi izquierda con un veloz movimiento y la veo, lo veo, los veo, me veo. Lo perdí todo. 

EL CRIMEN

Todo mi esfuerzo había valido la pena. Estaba fuera de todo ese pasado que me aterrorizaba. 
Estaba nevando y conducía hacia mi casa. Pensaba en lo que acababa de hacer. Si sale como lo pienso, nadie se va a dar cuenta de lo que hice. Me daba risa pensarlo y me hacía sentir orgullosa.
Llegué a mi casa y mis padres estaban desayunando, actué normal, desayuné y me encerré en mi habitación. Les dije a mis padres que iba a descansar, cuando la verdad es que iba a empacar.

Después de dos horas de encierro, salí para despedir a mis padres que se iban a trabajar; luego de ver que se fueran, saqué mis cosas, bolsos y valijas y tomé un taxi hacia el olvido, estaba dejando todo atrás.